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by Javier Rumego

Culebras de seda rosa se enroscan alrededor del fino tobillo enmallado, ajenas al bullicio de los pasillos: pies de pluma que golpetean el suelo como mazas, gritos, estrés, inseguridad, miedos, también esperanza. Toda una vida de dedicación y esfuerzo no ayuda a mitigar el ardiente dolor de un millar de chinchetas clavadas en su estómago, si acaso lo incrementa. Manos acuosas, lengua de esparto, piernas elásticamente musculadas que parecen incapaces de sostener el peso de un gorrión anoréxico, ganas de huir, de salir corriendo, nauseas… Un hilo de voz casi inaudible pronuncia su nombre retumbándole el tímpano como el silbato de un perro.

La madera de cedro cruje a sus pies ante el peso de sus sueños. Pasos tímidamente seguros conquistan el centro del escenario. Saliva que se atasca en la estrecha cañería de su garganta. Cinco pares de ojos, asesinos de ilusiones, la observan desde la maleza de las butacas. Apenas un par de preguntas tan frías como el más frío de los inviernos preceden al foco amenazador, que la ilumina a ella y oscurece todo lo demás. Una exhalación lenta hincha los pulmones alcanzando incluso al último de sus alveolos, que se iluminan como un árbol de navidad en el mismo momento en el que la música se apodera del aire.

La madera de las puntas rozan el suelo, haciéndonos creer que puede volar. Su cuerpo de queratina se contorsiona al ritmo que marca Chaikovski mientras el jurado lucha por mantener la horizontalidad de sus sonrisas. Baila, flota, gira y vuelve a girar. Ya no queda miedo en su alma, sólo arte, sólo danza. El foco parece aumentar su intensidad, o quizá sea ella la que lo ilumine a él emitiendo sonoros destellos de luz.

A mitad del ejercicio el jurado está completamente enamorado de ella, igual que la música que se recrea escuchando su propio sonido. No ha titubeado, ha empezado como un terremoto, capaz de derruir de una sola sacudida hasta la muralla más infranqueable de sus evaluadores. Por fin, a sus veinticuatro años, roza sus sueños con la punta de los dedos.

No hay escenario, no hay teatro, no hay prueba, no hay nada: sólo existe ella, bailando en el vacío como un ruiseñor enamorado, ni tan siquiera la música es algo tangible.

Una bofetada de fuego la hace volver a la realidad. Un chasquido hace retumbar el auditorio; la música cesa. En un principio parece que es el viejo suelo de madera el que se queja, pero las moléculas de seda rosa se separan de su pierna, haciéndola caer injustamente derrotada. Un dolor ardiente brota de su tobillo como la maleza en primavera; está roto, igual que su alma. Alfileres de agua emanan de sus ojos dándole forma a la desesperación. En medio del foco reina la oscuridad. Irónicamente vieja, ve pasar la locomotora que no se detiene, dejando a su paso una densa nube de hollín. Palmadas en la espalda y palabras de ánimo no sirven para alentar ánimo en su alma quebrada. El tiempo servirá de mechero, alumbrando y dando calor a un corazón desolado. Pero de momento, cae el telón arrastrado por la gravedad, dejando tan sólo negrura.

 

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