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by Javier Rumego

La llave da vueltas muy despacio sobre la cerradura. La puerta, perfectamente engrasada, es aliada de su nocturnidad. Con los tacones en la mano recorre de puntillas el pasillo. Un pie está sobre el escalón y una mano en la barandilla, cuando siente el peso de una sombra caer sobre su espalda. Con el cuello ejerciendo una fuerte resistencia gira la cabeza y lo ve. La silueta de su marido la contempla sentado en la butaca del salón. Guardan silencio. Desde la oscuridad la voz del marido suena de ultratumba.

—¿Te parece bonito las horas a las que llegas?

—Sólo son las dos, cariño. Salí de trabajar, vinieron a buscarme unas amigas y fuimos a tomar unos vinos. El tiempo se nos fue volando.

—¿Qué amigas?

—Virginia, Raquel y Sonia.

El marido se pone de pie y camina hasta ella. La sombra se desvanece iluminada por la escasa luz artificial que entra desde la calle. Sus ojitos azules la escrutan inquisidores antes de apresarla con firmeza del brazo y arrastrarla hasta el salón. Allí, en sus dominios de oscuridad se siente más fuerte.

—¿Has estado sólo con ellas?

—Sí —contesta atemorizada.

La presión sobre su brazo se intensifica.

—No me mientas.

—Cariño, cuando estábamos allí aparecieron unos amigos y se sentaron con nosotras a tomar una copa, nada más.

—¿Por qué me mientes?

—Porque no quiero que te disgustes. Si mis amigas los invitan a sentarse, yo no puedo decirles que se vayan. No ha pasado nada.

—No me gusta que te vean acompañada de hombres a estas horas.

—Era un grupo de amigos, también había chicas.

—No me gustan tus amigos. Te lo he dicho mil veces, tenemos que dar buena imagen. Los negocios se sustentan en gran medida por la apariencia que damos. Esos músicos amigos tuyos no son una buena campaña de marketing.

—¿Cómo sabes que eran ellos? —pregunta la mujer sorprendida.

—¿Acaso crees que puedes hacer algo a mis espaldas? ¿Piensas que no me entero de todo lo que haces o dejas de hacer? —le susurra al oído con un gruñido mientras la agarra fuertemente por la nuca.

—¿Cómo lo sabes? —insiste ella.

—Un conocido estaba en el bar y me ha mandado unas fotos —contesta apartándola de su lado con desprecio.

—Entonces habrás visto que era una reunión informal e inocente.

—Lo que sé es que mi amigo me ha preguntado qué coño hacía mi mujer con esa gente de mala vida, cuando tenía que estar en casa con su familia.

—¿Tengo que recordarte que me conociste sobre un escenario cantando en las fiestas del pueblo de tus padres?

—¡No, no tienes que recordarme una mierda! —grita encolerizado.

—Cariño, por favor, las niñas —suplica.

—¿Ahora te preocupas por las niñas? Hemos cenado los tres solos.

—No lo sabía. Pensé que Sandra salía hoy con sus amigas de la facultad y que Natalia estaba en casa de Andrea.

—¿Por qué me haces esto?

—¿El qué, cariño?

—¿Por qué te empeñas en hacerme daño? Sabes que esto me rompe el alma.

—Lo siento.

—No quiero que vuelvas a ver a esa gente.

—Son mis amigos. No puedes pedirme eso.

—¡Soy tu marido! —vuelve a mostrar los dientes, furioso—. ¿Acaso los prefieres a ellos antes que a mí, antes que a tu familia?

—Si me quisieras no me darías a elegir.

—Eres tú la que no me quieres —escupe agarrándola del cuello juntando sus ojos hasta convertirse en un cíclope.

—Por favor, cariño —implora agarrándole de las muñecas.

—Vamos, di que me quieres —suplica el monstruo.

—Sabes que no, cariño. Sabes que ya no te quiero —se le escurren dos lágrimas, una por cada ojo.

—¿Y por qué sigues aquí? —la suelta del cuello espantado.

—Por las niñas, por comodidad, por el dinero y porque tú me lo consientes —contesta con sincera crueldad.

—Si quieres estar aquí hay condiciones que tienes que cumplir. El dinero del que gozas sale de mi trabajo.

—Yo también trabajo —le interrumpe orgullosa.

—Tu negocio nos cuesta dinero, amor mío. Y si tanto te gusta el tren de vida que llevas a mi lado, debemos mantener las apariencias de familia perfecta. De sobra sabes cómo son mis clientes y el tipo de cosas que desprecian. Si se enteran de que mi mujer va zorreando por ahí con una panda de perroflautas perderemos más de una cuenta.

—Yo no estaba zorreando con nadie —contradice ofendida—. Sólo nos hemos tomado unos vinos un grupo de amigos.

—¡Cállate!¡Cállate ya! —aprieta los puños

—¿Vas a levantarme la mano? —pregunta la esposa hinchando su pecho operado.

El marido también expande su tórax, apretando aún más sus manos antes de desinflarse.

—Sabes que no.

—Cariño, lo siento mucho. Sabes que no me gusta discutir.

—Y sin embargo no haces nada por evitarlo.

—Necesito momentos para mí, para olvidarme un poco de todo.

—¿Eso incluye follarte a algún piojoso? —pregunta olvidándose de sus amantes.

—Sabes que nunca te he sido infiel —miente convincente.

—Lo sé.

—Cariño, no podemos seguir así —busca ella una grieta a su prisión, en lo que parece un atisbo de valentía.

—¿Qué quieres hacer?¿Quieres irte?¿Por qué no te vas de una vez e intentamos ser felices por separado antes de hacernos más daño?

El silencio se hace fuerte entre los dos. Ambos se miran buscando un recuerdo al que aferrarse, una esperanza a la que asirse, una mentira en la que seguir sustentándose.

—Me voy a dormir —el marido no contesta, por lo que añade— ¿Vienes conmigo?

—No —decide tras una breve duda—, me quedo aquí.

El marido enciende la pantalla del televisor, poniéndose unos cascos inalámbricos, dejándose abrazar por el cobijo de su butaca, donde finalmente se quedará dormido.

La esposa sube las escaleras cabizbaja. Se desviste en silencio y contempla su exquisito cuerpo en un espejo desagradecido que la hace verse llena de arrugas. Se mete en la cama y se abraza a una colección de cojines y almohadas buscando el calor de la única compañía de la que dispone, mientras llora desconsolada recordando el momento en el que tuvo la oportunidad de decidir qué hacer con su vida y eligió no hacer nada.

 

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