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I. Desolación

Los dedos de los pies se encogen ante el abismo. Un viento cálido sube golpeándome la cara. Inclino la cabeza y observo el precipicio. En las profundidades distingo al Diablo, que me mira con su cara de lagarto gigante con ojos incendiados. Un susurro abrasa mi oído: “Ven, te estoy esperando”. Instintivamente me echo hacia atrás, pero una fuerza invisible me impide retroceder. Mantengo la espalda tiesa como la soga del ahorcado, negándome a mirar nuevamente hacia abajo. Desesperación. El horizonte arde frente a mí, quemándolo todo. No sé cómo he llegado hasta este lugar, ni cómo escapar.

Ahora me doy cuenta de que llevo muchos años caminando inconscientemente para llegar hasta aquí. Pasos autómatas que me han arrastrado a través del desierto. Erial repleto de gente invisible, que  en este momento veo saltar al vacío; algunos sonríen. El lobo soñador aúlla con fuerza pidiéndole auxilio a la luna, y por qué no, algo que nunca necesité: un nuevo sueño al que agarrarme; a pesar de que sospecho que han sido precisamente mis sueños los que me han traído hasta aquí. Mi obcecación por salir de la corriente no ha hecho otra cosa que arrastrarme por un río de insatisfacción, golpeándome contra piedras y ramas sueltas, desgastando un espíritu ya de por sí desgastado. No sé en qué momento me arrancaron los pinceles de las manos. Niño prodigio expulsado del Paraíso. Sonrisas convertidas en espaldas, promesas en traiciones. Sin saber cómo ni por qué, me vi huérfano de aquello que me hacía sentir diferente. La dormidera aprovechó el descuido para avanzar las manijas del reloj. Durante años la herida cerró en falso, guardando podredumbre e infección. Alma remendada a base de costurones, con espacio siempre para uno más. No hace falta un gran drama para que la tristeza acampe en la frontera, planificando en silencio el asedio con el que arrancarnos la felicidad. Me niego a entregar mis jardines, y quizá por ello sufra la misma aniquilación que los Babilonios. Caída tras caída, hachazo tras hachazo, escupo polvo con mirada asesina y vuelvo a levantarme. Avanzo con la misma tenacidad con la que el loco se golpea la cabeza contra la pared. Sangre seca por el sol decora mi piel mientras sigo caminando negándome a bajar la cabeza. Las córneas se derriten. Al igual que Gerónimo, lucho contra el mundo negándome a vivir encerrado en una reserva de escuadra y cartabón, y al igual que la suya, han puesto precio a mi cabeza. Gruesos grilletes de metal descubren el cúbito y dañan los tendones; movilidad de las manos reducidas. Un momento de insumisión, un recuerdo, me hacen sostener el pincel entre los dientes y pinto cuadros de colores antes de que la cadena apriete mi cuello y tire fuertemente de mí, golpeándome con violencia contra el suelo. Una densa nube de polvo gris se apodera de mi obra.

Preso en la torre del castillo agarro los barrotes de la ventana y busco la luna en una noche rasa y cerrada; tan solo hallo negrura. Ni tan siquiera una diminuta estrella a la que aferrarme como brújula de esperanza. La insatisfacción cubre mi lengua con una capa de materia rancia. Al igual que Edmond busco la piedra que me otorgue la libertad; ninguna se mueve. La realidad golpea mi cabeza con la fuerza del martillo nórdico, y ahora sí: me derrumbo.

Despierto en medio de la oscuridad. El silencio ruge en mis oídos. Siento cómo las pupilas se dilatan buscando a Prometeo descender de los cielos con la cañaheja prendida, pero Hefesto ha llegado antes y disfruta del banquete. Me resisto a llorar pero una lágrima se junta a otra hasta formar un océano. La argolla tira de mi pie. Braceo y pataleo como una chinche acuática, pero del otro extremo el ancla me arrastra. Burbujas de oxígeno suben a la superficie como un banco de peces mientras yo caigo. El ancla golpea el suelo marino, haciéndolo temblar en un inquietante silencio. Siento que me ahogo justo antes de desmayarme. Esta vez me despierto rodeado de gente. Todos parecen iguales, visten iguales y hasta llevan el mismo corte de pelo. Caminan apresurados con la mirada perdida. Pasan de largo como si no existiera. Tímidamente pido ayuda, pero todos se alejan de mí. Me decido a hablar más alto hasta gritar como un loco: no me oyen. Trato de escapar del enjambre. No se apartan. Me veo obligado a empujarlos. Difícilmente me voy abriendo un hueco hasta que consigo escapar. La calle está vacía. Frente a mí se levanta un rascacielos con paredes de cristal tintado en las que aparece mi reflejo. Mi ropa, mi pelo, la expresión de mi cara: ¡soy uno más! Horrorizado llevo mis manos al rostro y tiro de la piel intentando quitarme la máscara, pero la piel no cede; no hay careta.

Nuevamente estoy frente al abismo. Arrodillado y desnudo tirito de frío mientras veo subir los vapores del inframundo. Ahora comprendo que no han sido los sueños los que me han traído hasta aquí, sino renunciar a ellos. Abandonarlos es traicionar a mi propia esencia; Aristóteles asiente en silencio. La mayoría de las personas no sufren llevando una vida corriente. Sus anhelos no van más allá de seguir el plan establecido. Los sueños son una terrible y hambrienta fiera salvaje que se alimenta de la ilusión de las personas. Luchar contra ella es un ejercicio agotador, cuando no suicida. Muchos abandonan, incluido yo. La mayoría se justifica diciendo que los sueños son cosa de niños o de adultos irresponsables. Nunca miran atrás. Otros, en cambio, somos más difíciles de doblegar. Aun cuando parecemos domesticados, algo indómito palpita en nuestro corazón. Pero la fiera es poderosa y no es fácil librarse de ella una vez te ha hecho su cautivo. Sus garras negras y afiladas están siempre atentas para aplastar cualquier indicio de sublevación. Ser consciente de que no hay manera de escapar y que has sido sometido es el peor castigo.

Lentamente me pongo en pie y abro los brazos, con los atributos colgando en funciones de contrapeso. Vagamente recuerdo la sensación que se tiene al respirar sin miedo. Siento añoranza por el tiempo pasado, por la ingenuidad, por lo desconocido y por un cuerpo de huesos sanos. Deseo escapar y volver a vivir a tragos grandes y a pecho descubierto, pero me siento incapaz de hacerlo. No existe el horizonte.

Ni tan siquiera parpadeo. No quiero caer al precipicio. Pienso que aún hay esperanza cuando algo, no sé si me empuja por la espalda o tira de mí por delante, me hace caer al vacío. Estiro mis piernas hacia atrás tratando de agarrarme a la tierra con los dedos prensiles de los pies; herencia de mis antepasados, pero estoy lejos de cualquier lugar al que asirme. Caigo sin remedio, a cámara lenta, pero caigo. El lagarto de las profundidades me sonríe con los ojos rojos, antes de abrir la boca y mostrarme su colección de dientes de acero. Sin embargo, su gesto no pretende comerme; aún no. Es una mueca de sorpresa contrariada pues una luz, pequeña pero brillante, ha aparecido en la lejanía. Parece inmóvil pero se mueve a gran velocidad hasta llegar a mí en un parpadeo. Un serafín me sonríe tras su aura dorada y nuevamente siento el calor en mi alma. Jamás imaginé que pudiera existir un ser tan hermoso. Sin mover la boca me habla: “No te rindas, aún no es tarde”. De la nada emerge una cometa salvaje que ata a mi cintura para que sea domada. El ángel protector desaparece, no así su luz. Floto en el aire colgado de la vela. La indecisión es arrasada por el viento de Levante. La cometa ruge al tensar las cuerdas. Muevo los brazos dibujando tímidos ochos en el cielo. Poco a poco me arrastra al mismo tiempo que gano velocidad. ¡Estoy volando! Corto el aire con una tabla afilada que viste mis pies, levantando una estela de agua salada que salpica al viejo Carón. Navego sin más rumbo que allá donde el viento decida llevarme.