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II. El esclavo

Suena el despertador: siete cero cinco de la mañana. Doy una vuelta en la cama y lo hago callar con mano perezosa. El corazón golpetea precipitado mis costillas mientras la cabeza me zumba como un avispero agredido por el palo de un niño inquieto: terrible resaca en el subconsciente. Un ruido entre quejido y suspiro sale de alguna parte de mí antes de levantarme. Camino en calzoncillos hasta el lavabo, donde libero a mis ojos de una milicia de legañas. Con los párpados aún entornados me pongo los calcetines sentado en el borde de la cama. Termino de vestirme como un autómata. Desayuno de pie un par de tostadas y media taza de leche sin calentar antes de salir por la puerta, bajar al garaje y meterme en mi BMW, herencia de un pasado más amable. Recuerdo que antes salía de casa con una sonrisa, la radio del coche a tope y cantando como un loco con las ventanillas bajadas. De eso ha pasado mucho tiempo, más de un lustro si las cuentas no me fallan. Busco mi reflejo en el retrovisor y encuentro una mirada desaprobadora. Aparto la vista avergonzado. Giro la llave, y el motor me gruñe.

Llego hasta el parking del centro comercial. Estaciono el coche ligeramente cruzado. Los cuatro intermitentes se iluminan al unísono mientras camino hacia la puerta de entrada. Me cruzo con una compañera que me saluda sonriente; creo que se llama Ibeth y que es peruana. Devuelvo el saludo sin emoción y me dejo engullir por las puertas del supermercado. Llego hasta la taquilla, me pongo el uniforme de trabajo y cuelgo la credencial en la solapa izquierda de la pechera. Dentro de lo que hay, me gusta el turno de mañana. Jamás he llevado bien madrugar, pero en este horario tenemos la ventaja de disfrutar de un par de horas sin público, y hasta el mediodía no suele animarse la cosa, al menos entre semana. Agarro un transpalet y lo cargo con una torre de botes de alcachofas que llevo hasta su lineal. Me dispongo a colocarlas cuando aparece Jorge, mi compañero: un chico de veinticuatro años que cree que Dostoievski es una marca de vodka. Asegura que no le gusta el café pero es más inquieto que un adolescente sentado en un hormiguero con las pelotas untadas en miel. Como de costumbre me cuenta la última discusión con su novia; todos los días tiene dos o tres que contarme. Como siempre me pide consejo, y como siempre no soy nadie para dárselo. A punto de cumplir cuarenta años, no creo que sea un buen espejo en el que mirarse. Llevo a cabo un trabajo que ni me gusta ni me realiza, pero al menos paga la hipoteca y algún que otro recibo. Si no tuviese ningún tipo de formación, si careciera de aptitudes, sería un buen empleo. En lo sentimental, jamás encontré el amor o quizá lo hallé demasiadas veces. Sea como sea no quiero estar solo pero mucho menos aceptar una compañía por rendición. Solo pensar en tener una relación como la que mantiene Jorge con su novia me desazona. Nunca me ha gustado discutir, ni tan siquiera para disfrutar después de un reencuentro acalorado. Siempre he pensado que antes de pelear es mejor estar solo, aunque, me guste o no, yo también he discutido cuando he querido. Quizá sea eso una evidencia del amor, desagradable, pero evidencia al fin y al cabo. Yo no regaño con el carnicero cuando me cuela cordero a precio de lechal, simplemente no vuelvo, fin de la historia. ¿Quién me dice a mí que todas esas broncas no sean las que mantienen unidos a estos dos infelices? Quizá algún día consigan separarlos, pero las relaciones se rompen igualmente con discusiones o sin ellas. Hay personas que las necesitan. De cualquier modo, son ellos los que tendrán que descubrirlo. Yo, por mi parte seguiré escuchando en silencio.

La primera hora ha volado. Me lo paso bien con Jorge; me hace recordar el vértigo de la juventud. Vamos camino de nuestro tercer viaje cuando Adolfo nos sale al paso. No es más que un encargaducho de tres al cuarto que encuentra placer atormentando a los empleados que están a su cargo. Supongo que así debe de contrarrestar su falta de personalidad o quizá una escasez de centímetros en la entrepierna, y quién sabe si un trastorno de eyaculador precoz, dando por supuesto, y es mucho suponer, que sea capaz de izar el mástil de su barquita. Por lo general, conmigo suele tener más tacto. Hay quien dice que lo intimido. Hoy no es el caso. La bronca es desproporcionada. Después de un rato, ni tan siquiera sé cuál es el motivo. Perdigones de saliva salen de su asquerosa boca buscando un rostro donde impactar. Doy un paso atrás; él hincha el pecho orgulloso. Dejo de escucharlo, da igual lo mucho que chille; he entrado en un mundo de silencios donde se me han sensibilizado el resto de los sentidos. Los ojos me escuecen por tener que soportar una visión tan mezquina del mundo. Su escuchimizado y mal formado cuerpecillo se retuerce en tensos aspavientos. Unas gafas redondas del siglo pasado saltan sobre su nariz queriendo escapar de un destino tan miserable. La ira ilumina de rojo su cabeza calva como el cristal recién soplado. Todavía seguirá así un par de minutos. Siempre hace lo mismo: se pone hecho un basilisco con el primero que se cruza en su camino y no lo suelta hasta que ha liberado toda su mierda, como si tuviera media hostia, el muy hijo de puta. De buena gana le ataba a una silla y le arrancaba todos los dientes con un alicate oxidado de punta cuadrada, como el que tengo en la caja de herramientas de casa. Y ya puestos, y amortizando la presión de la soga, disfrutaría sodomizando a su mujer delante suya, indiferentemente del aspecto que tenga la desgraciada. Y eso que tengo la sospecha de que el malnacido es de ese tipo de hombre que se excita cuando ve a su mujer follando con otros.

Media mañana, hora del bocadillo. Voy hasta la charcutería y pido mitad de cuarto de jamón serrano. Esther me atiende con su melena rubia recogida y escondida bajo un ridículo gorrito blanco. A pesar del uniforme es una mujer atractiva. No sé por qué, pero esa cara de gitana traviesa siempre me ha dado morbo. Hace tiempo que cruzó el ecuador de los treinta. Tiene una hija que  hizo la comunión el año pasado. Ella lo niega, pero es indudable que sigue enamorada de su ex marido. Es, sin duda, el tipo de mujer que por alguna extraña razón atraigo. Envuelve el jamón en el papel y me lo entrega junto con una sonrisa: dos euros por ser para mí.

–¿Te veo luego?

–Sí.

La jornada se ha evaporado entre botes de alcachofas y latas de chipirones en su tinta. Por fortuna no hemos vuelto a ver a Adolfo, el encargado. A Jorge le ha dado tiempo a tener otras dos discusiones con su novia. Acaba mi turno, pero me hago el distraído. Le digo a mi compañero que quiero mirar unas sartenes para casa, que ya nos vemos mañana. El chaval no es tonto, pero sí discreto, cualidad que aprecio. Se marcha a los vestuarios con media sonrisa. Cruzo dos puertas y llego hasta un almacén poco transitado. Me está esperando. Sin decir palabra juntamos nuestras bocas como dos imanes. Mis manos buscan apresuradamente sus diminutos pechos debajo de la camisa; siento sus pezones como cuchillas. Esther lleva todo el día rodeada de fiambres y embutidos, y aún así no duda en arrodillarse frente a mí, sacar una cuarta de caña de lomo y metérsela en la boca. No tardo en ponerla de pie frente a la pared para penetrarla. Con los pantalones en las rodillas, contemplo su culo ario mientras sus cachetes vibran al son de mis salvajes embestidas. Empieza a gemir tímidamente, incapaz de controlarse. Agarro su melena y tiro de ella hacia mí para recordarle al oído lo puta que es. El vértice de mi lengua roza su oreja haciéndola temblar. Acabamos pronto. Ella se abrocha los pantalones mientras yo encierro en el plástico la prueba del delito. Me mira y me da un beso tierno en los labios. Sé que quiere un abrazo, una caricia, una muestra de afecto: algo que le haga sentir ligeramente distinta a un mal polvo en un almacén, pero no se lo ofrezco; el día que lo haga será ella la que no querrá volver a saber nada de mí. Regreso a mi taquilla sin tener claro a cuál de los dos desprecio más.

Cruzo por la línea de caja con ropa de calle. La chica de los encurtidos me aborda sonriente y vivaracha para preguntarme si la puedo acercar hasta su casa. No es la primera vez que la llevo, pero no quiero que se convierta en una costumbre. Miento y le digo que tengo prisa. Pone cara de pena y se hace la disgustada. Insisto en que lo siento, que otro día, y lo acepta con una sonrisa despreocupada. Marta es una muchacha joven, aunque bastante espabilada. Es guapa. De su rostro destacan sus ojos de un azul claro como la certeza, y un piercing en forma de lágrima que decora la punta de su nariz griega; en la lengua tiene otro. No es muy alta y está ligeramente pasada de kilos, concentrados especialmente en unas cartucheras que invitan a conocer a su madre en caso de querer algo serio con ella, pero todo eso se contrarresta con un par de enormes y simétricas tetas que estrangula en un provocativo escote. Su novio se llama Antonio: un chico delgaducho de tez morena que suele ir con los pantalones caídos y las camisetas ajustadas, orgulloso de unos músculos que se resisten a dar la cara. Lleva tres o cuatro aros en cada oreja y corona su cabeza con una cresta de pájaro loco. Conduce un Seat león amarillo con más de seis mil euros en tuning. Le gusta confundir el coche con una discoteca. Tan solo he cruzado cuatro palabras con él, pero me cae bien. Trabaja con su padre en una empresa familiar vendiendo componentes eléctricos. Mientras la mayoría de los chicos de su edad pasan el día jugando a la videoconsola o alargando su vida universitaria a base de minis de cerveza en los parques del campus, Antonio se hace jornadas de más de diez horas, todos los días de lunes a sábado. Está loco por su chica, no hay que ser un lince para darse cuenta de eso. Marta parece ir más a su aire. No es que tenga mucho trato con ella, pero me da la sensación de que es de ese tipo de chica capaz de comerle la polla a cualquiera por un gramo de coca.

Está lloviendo. Corro hasta el coche con los hombros encogidos. Llego a casa. Caliento en el microondas un plato precocinado. No sabe a nada, pero es mejor que estar una hora en la cocina manchando todo tipo de cacharros. Evito comer solo y enciendo la televisión en busca de compañía. Un rutinario maratón de programas basura y series de época se suceden hasta que la tarde pierde luz. El plato vacío permanece en la mesa junto a un grupo de migas de pan que ya son como de la familia. Tendría que ir al gimnasio pero el sofá me atrapa como un amante celoso. Cuando consigo liberarme de mi carcelero, se ha hecho demasiado tarde. Enciendo el ordenador y me dedico a pescar en un océano sin peces, lleno de redes. Pedacitos de vida de otros que se exponen con la necesidad de aparentar una vida menos mezquina de la que realmente tienen; todos parecemos felices en Facebook. No sé qué preparar para cenar. Debería bajar a por una barra pan para hacerme un bocadillo, pero finalmente opto por abrir un par de latas. Escurro lo que queda del día frente al televisor, viendo cualquier cosa y no viendo nada. Agotado, me voy a la cama.

Con los párpados a medio caer, habito fugazmente en ese lugar donde la realidad y los sueños se juntan en una efímera línea discontinua. Veo una larga hilera de hombres y mujeres encadenados. Caminan al ritmo que marcan sus patrones con el tambor de la trirreme. Desnudos, desprovistos de abrigo, muestran sus pieles gruesas y curtidas. Espaldas cubiertas de rayas que sus capataces disfrutan dibujando con lápices de siete puntas. Duermen en humildes cuevas que sus amos les permiten habitar, y por las que tendrán que picar en las minas de sal durante toda su vida. A pesar de todo hay algo extraño e incomprensible en sus rostros, un elemento común que se repite constantemente poniendo en duda las leyes de la física: todos sonríen. Son esclavos satisfechos. Observo sus rostros tratando de adivinar el mal que adolecen, cuando advierto que estoy caminando entre ellos.