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III. Gemínidas

Me cruzo con su coche negro que pasa como una tangente por la rotonda. En el asiento de al lado la acompaña un chico al que veo fugazmente, parece atractivo, más que yo. Su miembro debe ser mucho mayor que el mío. Imposibilidad de competir. Conato de inferioridad que se evapora como el vaho del espejo al abrir la ventana.

No ha sido la más guapa, ni la que mejor olía, ni mucho menos la que me hizo perder la razón, pero ha sido la última. Solo fue otra estrella fugaz desintegrada al chocar con la atmósfera. No deja de intrigarme la naturaleza humana, y analizo con interés empírico, como el niño que disecciona el riñón de una rana,  por qué ahora, en su ausencia, echo de menos lo que no conseguí apreciar cuando compartíamos tiempo y espacio. La mente quiere engañarme en el macabro juego del olvido. Pretende hacerme creer que todo era perfecto, cuando sé que no es verdad: el sexo era bueno pero no sobresaliente; su larga melena negra tenía la fea costumbre de adherirse a cualquier rincón de mi casa, especialmente a las sábanas; el agujero de su retaguardia era del todo improfanable, ni tan siquiera por las yemas de los dedos, veteranas exploradoras del terreno. Entre gemidos, besos, caricias, arañazos y otras marcas, recuerdo la extraña sensación de rechazo que tuve al rozar por primera vez sus labios excesivamente carnosos. Donde no había engaño era en sus manos.

No tuve tiempo a enamorarme de ella y de haberlo tenido seguramente no lo habría hecho, pero a un perro no le gusta quedarse sin hueso. Ella sanó antes, y eso que yo no la quise; teorema del reemplazo.

No hubo un adiós, simplemente desapareció sin más, tras un beso prolongado y cargada de esperma, como una ladrona en la noche. No nos queda nada salvo el temor a volver a encontrarnos y la firme promesa de olvidarla. La tristeza y el vacío siempre sustituyen a personas que parecían importantes, antes de que el tiempo las convierta en indiferencia y olvido. Parejas, amantes, amigos y enemigos, todos me llenan de ausencia cuando desaparecen.

Consigo asociar una serie de patrones que se repiten en la mayoría de las mujeres que pretenden cruzar la frontera. Yo apenas hago nada para atraerlas, permanezco impasible como una estaca en medio del campo. Mi fingido desinterés atrae su atención, y esa es probablemente mi arma más poderosa: las mujeres digieren muy mal la indiferencia, aun cuando no quieren nada contigo. De repente, es como si no tuviesen otro objetivo en la vida. Gastan todas sus energías en atraparme, queriendo demostrar que son capaces de domar a la fiera, y por consiguiente más valiosas que el resto. No tienen reparos en insistir llamando a la puerta con cara de santas y cuchillo escondido en la espalda. Se muestran admiradas por un escaso conjunto de virtudes, incapaces de ver mis defectos, a pesar de que nunca los he ocultado. Mi cultura se alimenta de los documentales de la hora de la siesta y de una memoria de rápida absorción; bendito insomnio. Cuatro datos curiosos sobre las pirámides egipcias, la migración de la ballena jorobada, la morfología del insecto palo o los leones del Serengueti las hace verme más interesante de lo que realmente soy. Con las devoradoras de telebasura el éxito es comprensible, pero hay otros casos más difíciles de explicar: mujeres mejor preparadas y más inteligentes de lo que yo podré ser en cien vidas, han caído igualmente sometidas al entusiasmo de mi verborrea apasionada. Tengo la virtud de saber decir justo aquello que quieren escuchar. Después llega el beso y con él todo lo demás, hasta que finalmente el juego se desinfla de la misma manera en que se hinchó. Ellas miran afuera por la ventana con sospechosa nostalgia mientras yo dejo la puerta abierta esperando a que se vayan.

Mi cielo es el cielo de mediados de diciembre cubierto por estrellas de paso. Para ser honestos, yo mismo soy otra estrella que no se detiene. Jugamos al pillapilla tratando de atraparnos, pero solo nos rozamos el instante de un eclipse para volver a soltarnos, y poder así seguir jugando otro rato. Juego peligroso, pues el universo es un lugar violento repleto de explosiones. A san Lorenzo se le cae una lágrima y blasfema de envidia.

No había muchas posibilidades de cruzarnos en aquella glorieta y sin embargo lo hicimos. La vida tiene ese sentido del humor ácido. Durante un año me estuvo persiguiendo con el mismo esmero con el que Pedro Páez de Jaramillo buscó las fuentes del Nilo Azul, siglos antes de que los británicos pregonaran a Bruce, Burton, Speke o Livingstone como sus descubridores en un reiterado afán por reescribir la historia a su antojo. Ella no es el tipo de mujer que acostumbra gustarme, por lo que me estuve dejando querer a ritmo intermitente, alternándola con otras amantes. Sin embargo, poco a poco me fue sorprendiendo como el frío de una noche andaluza en días de verano. En más de una ocasión pensé que no podía seguir viéndola, que terminaría haciéndole daño, pero el calor de su sexo siempre me hacía repetir. Todo cambió de repente, haciéndome pensar que aquella muchacha tenía más recorrido que el que tiene una simple mujer con la que se queda para follar, que quería conocerla mejor, que me sentía bien a su lado y que estar con ella no era en absoluto conformarse. Pero la estrella olió el tufo y se apresuró a llevarme la contraria.

Fui yo el que rompió el acuerdo que habíamos pactado entre sábanas revueltas congregadas a los pies de la cama. Fui yo quien sintió algo lo suficientemente intenso como para querer cambiar las reglas, y llegados a este punto tengo por costumbre quitarme la camisa y ofrecer mi pecho desnudo esperando que no me lo apuñalen, a pesar de que la ley de causalidad me avisa de que lo harán sin ninguna clemencia. Pero ya experimenté las consecuencias que trae la falta de valor, y prefiero el frío del cuchillo antes que el arrepentimiento de la cobardía. Acepto su huida como algo normal, previsible no solo en mí sino en esta sociedad donde nada dura demasiado, y principio y fin se juntan con demasiada frecuencia hasta crear una masa homogénea de imposible disolución. No hay culpables ni rencores, tan solo es parte del juego. La veré marchar y pediré un deseo.