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IV. El reino de los búhos, los vampiros y otros monstruos

Como de costumbre, llego tarde. Los mechones milimétricamente desordenados de mi cabeza tienen la culpa. Entro al bar, donde mis amigos, en un ejercicio de aceptación, me ofrecen un cubata en lugar de una represalia. Elena me dice lo guapo que estoy. Yo le quito importancia al tiempo que Pedro me da una palmada en la espalda con su mano de gigante y me pregunta qué tal me va. Ana, el Jefe, Marcos y Eli me reciben con un abrazo. Me reconforta la sensación de saber que alguien se alegra tanto de verme.

Es la primera vez en seis semanas que libro el sábado y el domingo. El ron se escurre del vaso con prisa. Rápidamente, le pongo remedio y pido otra copa, que una camarera embutida en un corsé con dos tallas menos me sirve con cara de amargada. Entre banalidades nos ponemos al día. Elena me confiesa en secreto sus últimos escarceos; oigo a Pedro contarle a Marcos sus problemas en el trabajo; Ana, el Jefe y Eli no sé de qué hablan. Yo no tengo nada que contar. Disimulo con un par de chistes. No quiero que nadie traspase mi sonrisa de payaso.

Miro alrededor y veo rostros familiares donde solo tendría que haber desconocidos. Generación de elástica adolescencia. Más cerca de los cuarenta que de los treinta, nos mezclamos con una maraña de veinteañeros que se creen los dueños de la noche mientras nosotros seguimos perfumándonos en busca de una nueva historia que contar a unos nietos que probablemente no nazcan. No somos pocos: entre los solteros por convencimiento, los incapaces, los arquitectos de muros impenetrables y los divorciados hay días que somos mayoría.

Un jovencito me observa con inquina porque una chica de su grupo se ha girado un par de ocasiones para mirarme. Un corte de pelo caro, ropa moderna y una genética agradecida me permiten subirme al DeLorean para camuflarme sin sospechas entre gente una década más joven. El chico es incapaz de disimular su disgusto. Ella, como buena mujer, es plenamente consciente; quizá por ello me sonríe mordiéndose el labio. El muchacho saca pecho y tensa unos brazos musculosos sin darse cuenta de que su amiga tiene otros intereses que nada tienen que ver con la halterofilia. Evitando problemas, les doy la espalda y me termino la copa.

Una corriente de aire frío me golpea desde la otra punta del bar. En una esquina, como enrocados en una partida de ajedrez, encuentro a mis propios fantasmas. En estos parajes inhóspitos, cualquiera puede pasar de cazador a presa en solo un instante. Quizá por ello acostumbro a cazar en solitario. Noto su mirada de reojo sobre mi nuca; del chico del coche, ni rastro. No está sola. Escoltada a ambos flancos por sus amigas, forman un trío, definiendo sin aristas el significado de la palabra amistad. Serían capaces de destripar al mismísimo Hades si osase, el muy insensato, a acercarse a alguna de ellas antes de tiempo. No puedo sentir otra cosa que no sea envidia. Con ellas están los siameses de una sola cabeza. El mayor mira con pena sin entender todavía lo que sucede ni si seremos capaces de encontrar un camino de vuelta; el Odiseo suspira arrodillado en la playa, observando el mar mientras libera al viento la arena que encierra en su puño. Al pequeño se le cae la baba al mismo tiempo que se le eriza la polla recordando a la hermosa peruana de orejas de soplillo y deliciosos hoyuelos en las lumbares mientras ajusta el telescopio en busca de las estrellas.

Somos una generación acostumbrada a los cambios forzosos. Nuestro mundo es un lugar hostil donde la tierra se agrieta a nuestros pies como consecuencia de una sequía de sentimientos. Una bola gigante de paja pasa girando por la puerta del bar mientras afuera el viento silba un estribillo de Ennio Morricone. Salvaje Oeste. Indios y vaqueros. Pero en esta ocasión, aleccionados por la Historia o tal vez por el perfume de las hermosas mujeres indias, son los vaqueros los conversos que se unen al bando indígena. Tatanka Iyotanka no volverá a ser asesinado por un par de lakotas traidores, sino que será un antiguo capitán del Séptimo de Caballería quien, con la cabeza cubierta de plumas, acuchille por la espalda al General Custer, librándolo, eso sí, de la vergonzosa humillación en Little Big Horn y de la envidiable habilidad de los herederos de Albión para convertir una desastrosa derrota en una magnífica oda a la valentía. Lezo llora en su tumba mientras que el almirante Vernon disfruta del té y de una partida de bridge junto a otros héroes enterrados en Westminster. Siempre quise ser como Caballo Loco y galopar por las Grandes Llanuras en mi corcel, a pelo, sin silla ni riendas, agarrado a sus crines, esclavo del viento. Pero esta vez me tocó ser un triste vaquero abandonado a mi suerte: la soledad y unas botas gastadas.

Con la barbilla arriba y una sonrisa más falsa que la de un banquero ofreciendo caridad, me acerco hasta ellos. Tres pares de besos y dos apretones de manos, sin dedos entrelazados, acompañados de una palmadita en el hombro, es todo lo que nos ofrecemos. Una de las chicas curva la boca con su sonrisa eterna y maldigo los daños colaterales. No estoy mucho tiempo. Cruzamos la mirada antes de alejarme y percibo algo extraño en ella, quizá un gramo de rencor, de indiferencia o la ausencia de una conversación que ahora ya no tiene sentido. Doy media vuelta y me alejo con los bolsillos llenos de pena; no por ella, sino por los siameses, por el mayor de ellos. ¿Por qué dejamos de visitar a un familiar? ¿Cuándo perdemos la costumbre de llamar a un ser querido? ¿Cuál es la razón por la que dejamos de ir a un restaurante?, ¿a un parque?, ¿a un cine?, ¿a una playa?, ¿o a ese lugar donde nos reponíamos de todos los golpes? ¿En qué momento dejamos de querernos? Habrá quien afirme que todo es consecuencia de la vida, de sus caprichos y de sus cambios. Yo no lo tengo tan claro; a mí jamás ha dejado de gustarme el chocolate.

Otra copa. De un trago, me bebo más de la mitad. Eli me observa saliéndosele los ojos casi más que el escote; nunca vi nada parecido. Elena y Pedro me preguntan con la mirada y, en ese mismo lenguaje, les digo que estoy bien. Doy la espalda al pasado.

La noche avanza rápida y tenemos que cambiar de bar. La única discoteca abierta no tarda en llenarse. Con la milicia de deshidrogenasa oxidando una amplia colección de ron, me pido una cerveza. A pesar de lo ingerido, aún estoy cuerdo. Ley del garrafón justificada con el embotellado y vete a saber qué otros negocios turbios en el país de los corruptos cuando es evidente el ardor del matarratas traspasando la faringe, o la mierda negra como el alquitrán inundando el inodoro al día siguiente. Qué valor tienen, todavía se ofenden cuando pides Varón Dandy con Coca Cola.

La sala es oscura y la poca luz que hay ayuda, junto con el alcohol, a vernos todos más guapos de lo que realmente somos. Veo al chico ciclado de antes, no así a la chica. Cruzamos miradas, me reconoce y, acto seguido, se hincha como un pit bull de peleas; diría que tiene un tic. Pasa de largo y, con él, la esperanza de ver a su amiga. Voy por el segundo tercio cuando, de un salto, aparece frente a mí Marta, la chica de los pepinillos, acompañada de un póker de amigas. Ojos rojos de pupilas dilatadas delatan el polvo blanco que traspasa los cornetes. Marta lleva un pantalón de cuero muy ajustado y un corpiño escaso de tela. Me da un abrazo y noto cómo sus tetas se clavan en mi costado. Me habla muy deprisa, con la boca excesivamente cerca de mi cara. Hay demasiado ruido para entender nada de lo que dice. Asiento y sonrío como un autómata. No tarda en presentarme a sus amigas; una de ellas me suena del trabajo. Todas parecen tener la misma edad; demasiado jóvenes. La pelirroja me mira con más intensidad que las otras. Sospecho que la coca le ha subido más que al resto. Marta se da cuenta y me monopoliza. Busco a mi grupo pero no lo encuentro. En cambio, veo al menor de los siameses acompañado de sus nuevas mejores amigas. No tardan en estar rodeadas de pájaros revoloteadores. La estrella se agarra a la cintura del más alto, escapándosele la mirada a los lados. Le digo a Marta si quiere tomar algo y me doy cuenta de que mi botella vuelve a estar vacía. Ella se pide una copa, yo insisto con otra ración de cebada. Durante un buen rato, hablamos en la barra mientras sus compañeras bailan poseídas. La conversación transcurre vacía y sin peso, pero agradable. La cerveza oprime mi vejiga y me obliga a ausentarme. Cuando vuelvo, ya no están; tanto ella como sus amigas parecen haberse evaporado. Escruto a través de la oscuridad y veo al viejo Caronte paseando su barca a golpe de remo en busca de alguien que quiera intercambiar unas cuantas pastillas por un par de monedas de plata. Busco a mis amigos sin esperanza. Tan solo Elena, Pedro y Eli resisten. Me invitan a otra cerveza.

No tardarán en encender la luz. Es el momento de irnos antes de vernos las caras demacradas por el maldito foco de las seis de la mañana. Dicen de coger los bolsos cuando Marta me sorprende por la espalda. El resto se va, yo me quedo charlando con ella. No estoy seguro de por qué se tambalea tanto: si es por mi borrachera o por la suya. Las palabras salen con dificultad de su boca y se distorsionan aún más al entrar en mis oídos. Me informa de que le he gustado a una chica de su grupo, supongo que a la pelirroja, aunque se ha asustado al saber mi edad. Algo me dice que Marta no quiere que me vaya con su amiga. Le pregunto por su novio y me contesta aburrida que se quedó en casa porque por la mañana tiene que jugar un partido de fútbol con sus amigos. El resto de las chicas vienen a buscarla y le dicen que la esperan fuera fumando mientras se termina la copa. Seguimos hablando. Ella se arrima, yo trato de mantener las distancias; con mi intimidad soy como los gatos. El teléfono ha debido de vibrar en su bolsillo. Lo aporrea torpemente con los dedos escribiendo su respuesta. Minutos después, salimos. Allí no queda nadie. Está amaneciendo. Sugiere coger un taxi. Los dos sabemos que eso no va a ocurrir. Nos sostenemos el uno al otro y emprendemos el camino a mi casa. Por última vez, nos cruzamos con el siamés y su grupo de amigos. El monaguillo de moral intachable lleva los bolsillos de la túnica vacíos de fichas. Ella vuelve a abrazarse al chico alto del samurái mientras me observa con desprecio o, tal vez, con la añoranza del recuerdo, o quizá simplemente sienta lástima.

Me peleo tratando de abrir el portal mientras Marta traspasa las fronteras de nuestra amistad. Su mano se agarra a la entrepierna de mi vaquero. En ese instante se presenta su novio en mi cerebro, pero yo no soy buen anfitrión ni el culpable de que su novia lo quiera de este modo. La puerta cede. Entramos al ascensor con las lenguas entrelazadas. No tenemos prisa en darle la orden para que suba. Me desabrocha los botones de la bragueta, agarra mi miembro y me mira con los ojos redondos, incapaz de retener la sonrisa y un «joder» al ver lo que tiene entre manos. Se arrodilla y utiliza la metáfora en forma de piruleta. A pesar del alcohol, del cansancio y del peso de los años, la sangre inunda rápidamente el tejido cavernoso. La cojo por los brazos y la levanto para ponerla de espaldas frente al espejo. Agarro su pecho y aprieto mi pelvis contra sus nalgas. No aguanto más. Huimos del ascensor desnudándonos por el rellano. Quizá por instinto, esta puerta ofrece menos resistencia que la de abajo, o tal vez sea solo una cuestión de complicidad. Cuando llegamos a la cama estoy completamente desnudo. Ella conserva un diminuto tanga de hilo rosa. Se lo arranco de un tirón y gime como si la hubiera penetrado. Sus ojos rojos brillan al rozarse con la incipiente luz que se cuela a través de las rendijas de las persianas. Me muestra su dentadura de colmillos como agujas antes de morderme en el cuello y atraparme con un abrazo constrictor. Me retuerzo y ofrezco batalla. La tiro contra la cama reduciéndola por las muñecas. La erección señala a la lámpara y ella suplica que no la haga esperar más. Pero yo no tengo prisa y no soy bueno complaciendo. Mientras nos besamos, ella aprovecha mi descuido para agarrarme la culebra ciclópea y acercarla a la cueva donde habré de dar muerte a Polifemo. Me hago el interesante un poco más y, ahora sí, la penetro. Acto salvaje, animal, instinto liberado de prejuicios. Sus pechos atrapan mis manos deleitándome con el tacto de la juventud. Por unas tetas así sería capaz de olvidarme de la silicona. Batalla intensa y equilibrada. Marta torna los ojos blancos y dice alcanzar el orgasmo entre convulsiones; yo hago uso del tantra. Con ella agotada, consigo el control. Noto su cara desencajada y pienso, orgulloso, que es de placer. Está callada; ya no responde a mis palabras sucias. Su palidez reluce en la penumbra. Pregunto si está bien. Con dificultad, consigue incorporarse ligeramente antes de que un gorgoteo preceda a la estampida de un vómito ácido que penetra insolente por mi nariz, justo antes de quedarse dormida. Me sobrepongo a las náuseas y a la sensación de asco, y, girándole el rostro a un lado para evitar ver cómo la regurgitación se le escurre por la boca, sigo embistiéndola cada vez más deprisa hasta que estrello mi código genético contra la barrera de plástico. Extasiado y sudoroso, me separo de ella agradeciendo que se haya quedado dormida y que no me demande un beso. Compruebo su pulso y la tapo sin cambiar las sábanas. Con los pies descalzos, me exilio voluntariamente al sofá del salón, donde purgaré mis pecados hasta que me quede dormido.