Título: En el Laberinto

Autor: Javier Rumegó

Nº de páginas: 232

Prólogo

Ángel Acebes Vindel

A  muchos de nosotros nos hubiera gustado ser escritores. Como un lógico subproducto de ello, nos hemos dedicado a devorar centenares de  libros. Libros de Márquez, de Cortázar, de Lloyce, de Kerouac, de Sábato, de Borges, de Cervantes, de Torrente Ballester, de Shakespeare, de Bolaño, de Vian, de Celine, de tantos otros... Hay algo de poético, y por qué no decirlo, también de insano, en lo compulsivo que puede llegar a ser un lector hambriento inmerso en la liturgia de empezar un nuevo libro o preso de la adicción más absoluta de no poder dormir sin terminar las páginas que han conseguido atenazarle.


Otros, como Javier Rumegó son escritores. Crean libros; magnificas historias como este “En el Laberinto” que he tenido el placer y el privilegio de disfrutar antes de que viera la luz.


Eso representa una enorme y crucial diferencia.


Y pese a ser consciente de ello, uno se ve tentado, por pura deformación profesional, a buscar similitudes entre el libro que tiene en las manos y ese “almacén mental” formado por lo que uno ha leído a lo largo de una vida. Y, claro, encuentra pinceladas, trazas, rastros del “Hollywood” de Charles Bukowski, del “El Maestro y Margarita” de Mijaíl Bulgákov, del “American Psycho” de Bret Easton Ellis, del “Ampliación del campo de batalla” de Michel Houellebecq…, incluso en sus pasajes oníricos uno puede revivir algunas viñetas del comic “Sandman” de Neil Gaiman.


Dicha tentación desaparece de golpe al terminar el libro, al vivir ese extraño y complejo proceso mental que une el placer vivido durante la lectura a la resignación de saber que no quedan más páginas por delante. Porque enfrente solo ha estado siempre Javier Rumegó, un escritor que ha vivido primero y asimilado después esas y otras muchas influencias para crear una obra propia, suya, intensa, devastadoramente honesta y posiblemente autobiográfica, brutalmente explícita.


“En el laberinto” es una apuesta valiente; un salto sin red de principio a fin que nos seduce intelectualmente, y que funciona realmente bien.


Pues bien, hay que tener muchos redaños para acabar un libro con la última palabra con la que Javier Rumegó cierra “En el Laberinto”.


No cometan el error de ir a leerla. No la entenderán sin haber leído todo lo demás.


O mejor, sí, vayan a leerla, que uno es consciente de que una vez estimulada de esta forma su curiosidad humana, sus neurotransmisores guiaran sus actos en una inequívoca dirección. Les aseguro que una vez la hayan leído, no desearán otra cosa que conocer su génesis.


Aunque para ello tengan que entrar “En el Laberinto”.