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By Javier Rumego

Descargar libros en PDF. La cultura de la piratería

Descargar libros en PDF (o cualquier otro formato digital), descargar películas, música, software informático o videojuegos es una costumbre muy habitual en nuestro país. Hablar de la piratería es realmente complicado. Hay demasiados puntos a analizar, demasiadas cosas que decir. Es muy fácil perder el foco. Escribir este artículo ha sido un dolor de muelas. Lo he escrito tres o cuatro veces. La última versión tenía casi 5000 palabras. Lo tenía ya programado en WordPress para publicarlo cuando he decidido reescribirlo entero, más corto, más ameno y efectivo.

 

Lo primero de todo que quiero dejar claro es que no pretendo escribir un artículo llorón, mucho menos remover conciencias. No soy tan estúpido o tan iluso como para obviar el problema que existe de fondo. En esto de la piratería todos tenemos nuestra parte de culpa. Todos deberíamos de mirarnos el ombligo. No soy un escritor quejumbroso. Por supuesto que me molesta que alguien quiera conseguir mi libro sin pagar por él, sin tener en consideración mi trabajo, mi tiempo, mi esfuerzo y mi posible talento. Aún así, no me voy a poner a darle puñetazos al mar.

 

Mi libro En el laberinto está disponible de manera ilegal en distintas websites más sospechosas que un callejón oscuro en una noche de niebla cerrada. Personalmente no me adentraría en esos territorios ni acompañado del mejor antivirus del mercado haciéndome de Sancho Panza. Mucho menos acercaría el puntero del ratón al botón de download. Por suerte o por desgracia, en mi caso compagino la literatura con otras artes, que son las que hasta el momento me dan de comer. Lo que hagas me trae sin cuidado, igual que las consecuencias que puedas sufrir por ello.

 

No quiero hablar del pirata como alguien ajeno y lejano. Descargar contenido ilegal en España es algo generalizado; puede ser tu hermano, tu hermana, tu primo, tu suegra, tu amigo, cualquiera. Quien no haya consumido nunca un producto pirata que levante la mano y lo diga bien alto.

 

Como decía, tenía un artículo extenso y detallado a punto de publicar, en el que hablaba de los problemas de la piratería, las pérdidas millonarias que provocaba a las distintas industrias, cuáles eran los sectores más afectados y una serie de datos que, en realidad, no le aportan nada nuevo a nadie. Todos conocemos estos datos, y muchos se los pasan por el forro, así que me los ahorro, y voy directamente al grano.

 

Los responsables de la piratería.

Son principalmente dos: la cultura de la piratería que tenemos en España (y otros países) y la inmovilidad de los gobiernos.

 

La piratería viene de lejos.

Mucha gente, especialmente los más jóvenes, piensan que la piratería se origina con la llegada de Internet. Esto es tan erróneo como pensar que la piratería, la otra, ya sabes, la de los barcos, los abordajes y las banderas con calaveras (esto último, sí) se originó en el Caribe.

 

En realidad, la piratería de la que hablamos hoy en día viene de mucho más lejos. En los años setenta y ochenta se vendían en El Rastro de Madrid, y en muchos otros sitios similares, copias de casetes de música de todo tipo. Era una versión primigenia, e incluso artesanal, del mantero actual. Si querías este tipo de producto tenías que rascarte el bolsillo, por lo que otra opción más económica era esperar a que algún familiar o conocido se comprase la casete o el vinilo (original o pirata) y hacerte una copia en casa. Empresas como TDK, Kodak o Fuji hicieron su particular agosto vendiendo cintas vírgenes.

 

Por aquella época aparecían los primeros ordenadores domésticos. Yo tenía un añorado Amstrad CPC 128K con unidad de disco. La industria del videojuego empezaba a despegar y ya había software como el famoso Discology para copiar disquetes. Es decir, con 10 u 11 años aprendías que copiar contenido ajeno era algo normal. Actualmente creo que esta lección se aprende incluso antes.

 

Todo esto, y probablemente casos más antiguos que a mí se me escapan, fueron la semilla que nos ha hecho creer durante muchos años que tenemos derecho a todas estas cosas sin pagar un céntimo.

 

En cualquiera de estos casos, como las fotocopias de los libros, alguien tenía que gastarse el dinero en el original para que los demás copiáramos el contenido. Hoy en día esto ha cambiado. Ya no hace falta que alguien compre el producto para que los demás lo copien. No necesitas que tu hermano se compre una novela para poder descargar el libro en PDF. Está ahí, en la red, al alcance de cualquiera, sale gratis y no se castiga. Sólo tienes que escribir en Google “descargar libros en PDF” y tienes a tu alcance toda la bibliografía de tus escritores favoritos.

 

La cultura de la piratería

Hay países y culturas que no consumen productos pirata bajo ningún concepto. En algunos casos es meramente cultural. Lo consideran exactamente lo que es, un robo, y por eso mismo no lo hacen. A nadie se le ocurre descargar un libro en PDF o la canción de moda. Se les educa desde pequeños para que entiendan que es inmoral y que está mal. Como veíamos un poco más arriba, en España se nos educa para piratear. Lo mamamos desde pequeños, a los pechos de nuestros padres.

 

El otro motivo que hace que haya países donde la piratería no exista es el castigo. Hay países como Estados Unidos que se toman muy en serio la propiedad intelectual y la defienden con leyes rigurosas y castigos ejemplarizantes. Ya veremos más adelante la comparación con España.

 

En España, y también en Sudamérica, el pensamiento es muy diferente. Aquí es fácil encontrar argumentos en foros, en los comentarios de Youtube o Facebook, de gente jactándose abiertamente de que piratean todo tipo de programa informático, bajan música o recomiendan dónde descargar libros en PDF. Por si fuera poco, se ríen de los “pringados” que pagan por cualquiera de estas cosas. O incluso puedes ver en El confidencial este vergonzoso artículo que parece justificar la piratería.

 

Aceptémoslo, hay gente que de ninguna manera está dispuesta a pagar por el material que consume, aun cuando la rentabilidad y los riesgos, de los que te hablaré más adelante, insultan toda inteligencia. He visto casos de personas que han estado horas, incluso días para descargarse gratis contenido por valor de 0,99€. Creo que con eso está todo dicho.

 

Justificaciones de los que practican la piratería digital

Llegados a este punto, viene bien recordar que la piratería es una actividad ilegal. Aun así, los que la practican se justifican abiertamente de muchas maneras. A continuación indico los principales motivos que alegan y lo que opino de ello.

 

Es gratis

No es gratis. Es un ROBO.

 

Facilidad en la localización de contenidos

Defienden que el posicionamiento en Internet de estas páginas es muy alto y les resulta muy fácil encontrar lo que buscan. Pero la realidad es que nada es más fácil que acceder al buscador de Amazon. Los que busquen un software, lo más rápido es ir a su página web y localizar el producto. A veces, encontrar el archivo pirata lleva horas, incluso días.

 

Acceso rápido e inmediato

Me remito al apartado anterior. Nada más rápido e inmediato que entrar en Amazon o en las website oficiales de las marcas. Pagas, descargas el contenido y a disfrutarlo. No tienes que invertir el tiempo en buscar cracks ni nada parecido.

 

Ya pagan por la conexión a Internet

¿Y qué? Es absurdo. Es como ir a un restaurante, pedir un refresco y querer comer gratis porque ya has pagado la bebida. O si lo prefieres es como ir a una tienda a comprar una televisión y querer llevarte el sofá gratis.

 

No se fían de pagar por Internet

Pero se meten en páginas web más sospechosas que un asesino con el cuchillo goteando sangre. No hay nada más seguro que pagar por Amazon o hacerlo directamente por la website del comerciante.

 

En el caso de autores independientes, muchos consideran que si no están publicados por editoriales no merecen que se pague por su obra.

Si consideras esto es porque crees que nuestro trabajo no es bueno. Si piensas así quizá deberías de leerte este artículo sobre la calidad de los libros de los autores independientes. Pero déjame preguntarte ¿qué coño haces perdiendo el tiempo con algo que según tu criterio es una mierda? ¿No crees que es mejor gastar tu tiempo en otra cosa?

 

Los escritores de renombre son millonarios así que no se van a arruinar si no compro su libro

Los libros independientes no son suficientemente buenos para pagar por ellos y los que supuestamente sí lo son, como el que los escribe está forrado tampoco los pagamos. Está claro que lo importante es no pagar. Estaría bien que leyeras este artículo (es gratis) de Santiago Posteguillo, recientemente galardonado con el Premio Plantea para que entiendas mejor lo que gana un escritor con su obra.

 

Son productos muy caros

Esto te lo puedes esperar cuando te hablan de un software de 3000€ pero no de un libro o de un CD de música. Además, este argumento podríamos emplearlo para un coche o una casa y nadie puede tenerlo gratis. En esencia, porque el gobierno no lo permite.

 

Muchas veces el producto es malo

Este era un argumento muy común al descargar música. Un grupo sacaba uno o dos singles buenos para promocionar el álbum y el resto de canciones no estaban a la altura. No pasaba siempre, pero pasaba. Hoy en día, tenemos Spotify donde podemos escuchar todo el disco antes de comprarlo o puedes leer en Amazon los primeros capítulos de una novela. O incluso, muchos escritores ofrecemos gratis los primeros capítulos de nuestros libros en nuestra página web.

 

La normalización de la piratería

En España llevamos tanto tiempo pirateando que no somos capaces de ver lo malo del asunto. Da igual que nos lo expliquen. Cada uno vivimos con nuestra vedad, y como vivimos en un mundo en el que nadie se plantea estar equivocado es muy difícil hacerle a alguien bajarse del burro. Además, en este mundo de pajaritos azules, corazones de colores y pulgares arriba las razones no viajan solas sino que pertenecen a colectivos, cada uno con sus razones que, equivocadas o no, se alimentan del poder de las masas.

 

Da igual descargar libros en PDF, el último disco de tu cantante favorito o la última versión de Windows. Plantearse hoy en día que quizá estemos haciendo algo que no es del todo correcto es un ejercicio sólo al alcance de un héroe griego.

 

La gente cuando descarga contenido ilegal de Internet no piensa que está cometiendo un delito. Al fin y al cabo, lo hace todo el mundo. Es algo normal. Lo ilógico es que alguien pague por algo que puede tener gratis.

 

Quiero entender que la gente que piratea lo hace en la mayoría de los casos sin maldad. Conozco adolescentes y personas de 90 años, todos ellos buenas personas, que consumen contenido ilegal. «Los escritores están forrados» dicen. Por supuesto que Reverte, Follet, Martin y otros no pasan hambre, pero eso no te da pie a que les robes. Otros, aunque no te lo creas, no tenemos tanta suerte.

 

La piratería es una cultura muy arraigada en España

La cultura de la piratería está dentro de nuestro ADN. Éste es uno de los motivos por el que va a ser muy difícil solucionar el problema. Lo consideramos algo normal, y a veces nos cuesta ver la viga en nuestro ojo.

 

En ocasiones, la normalización alcanza el surrealismo. No es la primera vez que un individuo se pone en contacto con un escritor para pedirle gratis el fichero en PDF de su libro, o que le dice que le ha gustado mucho su novela que se la ha descargado de tal o cual sitio. Evidentemente estas personas no piensan que están haciendo nada mal. Es posible, incluso, que sean personas inteligentes, pero la costumbre los ha vuelto gilipollas. Da igual que se lo expliques, no lo van a entender. Como comentaba don Arturo Pérez Reverte hace apenas unas semanas, los hay que son idiotas sociales.

 

La cosa no queda ahí. Aquí hay para todos. En el último mes que llevo dándole vueltas a este artículo, he visto en redes sociales a varios compañeros exaltados porque les habían pirateado sus novelas. Algunos se ponen como furias, lo cual puede ser comprensible. Desde aquí les muestro mi apoyo ante un momento tan desagradable. Lo que no es tan normal es que luego te pongan una publicidad de su libro con Hugh Jackman a la cabeza.

 

El problema cultural es tremendo. El sinsentido lo gobierna todo: Scarlett Johansson, Gemma Arterton, Taylor Lautner o Zac Efron, entre otros guapos, invaden las redes sociales como imágenes promocionales de escritores más o menos desconocidos. Esas imágenes tienen derechos de autor, no sólo del actor o actriz correspondiente sino también del fotógrafo. Igual alguno ha pagado por ello, pero lo dudo.

 

Del mismo modo que no sabría decir cuantos escritores u otros profesionales, como por ejemplo los diseñadores gráficos que tan bien conozco, utilizan licencias legales de sus herramientas de trabajo. ¿Cuántos escriben con un Microsoft Word legal? ¿Cuántos tienen licencias de Photoshop, Illustrator, InDesign o incluso del propio Windows?

 

 Espero que nadie se ponga como un basilisco. Quienes utilicen todo el software legal que no se alteren y levanten la mano ordenadamente. Los otros, como decía antes, todos tenemos que mirarnos el ombligo.

 

La incapacidad del gobierno

Como decía al principio del artículo, el otro problema principal a la piratería en España a parte de la arraigada cultura es la inmovilidad e incapacidad del gobierno. Antes de que las hienas de colores enseñen los dientes, quiero dejar claro que cuando hablo del gobierno no me refiero a éste que tenemos ahora, que también, sino que hablo del anterior y del anterior, quizá de los últimos cuarenta años, o quizá de los últimos cien, o tal vez de los últimos trescientos o cuatrocientos años. Si algo sobra en la historia de España son ejemplos de malos dirigentes.

 

Anteriormente hablaba de la contundencia de países como Estados Unidos a la hora de defender la propiedad intelectual. España siempre ha estado muy por detrás en este aspecto. Los diferentes gobiernos en los que hemos ido alternando inútiles tras inútiles, jamás se han tomado este asunto lo suficientemente en serio.

 

Bien es cierto que últimamente se están haciendo cosas: el cambio de ley del 2015, el nuevo canon digital (impuesto por la UE, que ya veremos qué resultados da y cómo reparten lo recaudado), el cierre de algún portal de descargas y poco más.

 

Desde mi punto de vista, sanciones ejemplarizantes ayudarían a solucionar el problema. Cuando algo está tan arraigado en nuestra idiosincrasia no hay otra forma de sacarlo más que a palos. Nada escuece más que nos toquen el bolsillo. Y sí, la ley del 2015 ha supuesto un punto de inflexión en la piratería, pero básicamente en las empresas. A nivel particular seguimos más o menos igual. Cualquiera puede descargarse prácticamente lo que le dé la gana, sin que le pase nada.

 

Personalmente creo que a ningún grupo político de España le interesa solucionar este problema. A ninguno de ellos se le ocurriría incluirlo en un programa electoral, que luego no cumplen. Quizá sean incompetentes, pero no son tontos. Me imagino la cantidad de votos que podrían perder si muestran un verdadero interés en acabar con la piratería. Definitivamente no es un buen negocio para ellos. Intuyo que dejarán correr el tiempo, dando pasos pequeños, a veces impuestos por la UE, sin prisa, esperando que se vaya diluyendo poco a poco, para llegado el momento ponerse la medalla.

 

El problema de la piratería en los libros

La literatura es uno de los sectores más perjudicados por la piratería. Descargar libros en PDF es una de las acciones más comunes entre los consumidores de piratería. En otras palabras, descargar ilegalmente libros es un hurto. Cuando te descargas mi libro de manera pirata me estás robando. Si me robas no cobro y si no cobro no como. Si no como tengo dos opciones: me muero de hambre o dejo de escribir y me busco otro trabajo. Entiende que los escritores vivimos de nuestros lectores, es decir de ti.

 

Con la aparición de los dispositivos de lectura digital como los Kindle, la piratería de los libros se ha multiplicado exponencialmente. Es muy normal ver a gente quedando para intercambiarse archivos como si fueran cromos. O mandar libros en PDF por email. Muchas veces descargan libros que ni van a leer. Es descargar por descargar. No es que sea gratis, es vicio. Hay gente que se aburre en la oficina y se descarga libros pirata para matar el tiempo.

 

Descargar libros en PDF es sólo una parte del problema

Los escritores vivimos en constante amenaza por la autoría de nuestra obra, especialmente cuando no somos famosos. Yo, por ejemplo, subo mucho contenido a mi página web que puedes leer gratis: relatos cortos, los primeros capítulos de mi novela, por supuesto los artículos del blog… Cualquiera puede robarme mis escritos y publicarlos o presentarlos por ahí con su nombre. Desde luego, tomo todas las precauciones posibles para proteger mi obra, pero como te puedes imaginar mis recursos para controlar esto son limitados.

 

Hace unas semanas, la escritora Clara Asunción García publicaba en las redes sociales cómo la habían pirateado y subido a la plataforma Wattpad su obra. Alguien había cogido su novela, le había cambiado los nombres a los personajes y la había subido para que la gente pudiera leerla gratis. Más de 39.000 lecturas en un año que es lo que tardó la autora en darse cuenta de lo que estaba pasando. Algún canalla dirá que gracias a eso está ganando cuota de mercado, pero la realidad es que está autora ya tuvo que dejar de escribir para proteger su obra como explica en este artículo.

 

 

La persona que subió el libro cambió el nombre de los personajes y lo publicó. Quizá no fuera consciente de lo que hacía, y dudo que quisiera enriquecerse con esto. Pero si las autoridades le metieran una multa de 30 a 50 mil euros, aprendían esa persona y unos cuantos más. Y luego tenemos el comentario de un lector o lectora que dice que le parece genial, que le encantan los libros de esta escritora y que así no tiene que pagarlos. Aquí tenemos el claro ejemplo de un par de gilipollas sociales. Para mear y no echar gota.

 

Comparación con otras artes

La música es el sector más castigado por la piratería. Sin embargo, el escritor es el artista que peor parado sale de todo esto. Una persona que piratea siempre puede ir a un concierto o a una obra de teatro de sus cantantes y actores preferidos. Los escritores no tenemos posibilidad de llenar los platos de sopa nada más que con nuestros libros, y además somos los que menos subvenciones recibimos por parte del Estado.

 

Un escritor puede abrir un canal de Youtube para ganar visibilidad y si se lo monta bien incluso ganar algo de dinero extra (poco). Pero difícilmente veremos un caso como el de Pablo Alborán con un escritor. La literatura es el arte menos audiovisual de todos los que existen, y también el menos inmediato. La literatura es pausada, es intimidad, por lo que sale perdiendo en este entorno 2.0. La pintura o la escultura apenas se ven afectadas por la piratería digital. Por supuesto tienen sus propios enemigos, pero éstos no son las descargas ilegales. Los hay que no pagarían ni lo que cuesta la impresión de una lámina de Cézanne.

 

Riesgos de descargar contenido pirata

Llegados a este punto estaría bien que conocieras los riesgos más importantes si practicas la piratería.

 

Es ilegal y, por lo tanto, te expones a pagar una multa incluso a ir a la cárcel.

En este caso corres más riesgo si eres una empresa que un particular. A diferencia que en otros países, en España apenas se persigue al individuo. Aun así, ya hay sentencias en firme donde un particular ha sido castigado a pagar una multa por descargarse películas de manera ilegal.

 

Aunque parezca mentira, en España 4 de cada 10 empresas utilizan software pirata. En el año 2015 cambió la ley por lo que este tipo de delitos se pueden castigar por la vía penal. Ya hay casos de empresas condenadas a pagar cantidades millonarias por delitos contra la propiedad intelectual. Así que, si pretendes reducir costes de tu empresa, instalar software pirata no es lo más inteligente.

 

El caballito de troya

Posiblemente seas de esos que sacan pecho y te sorprendas de lo listo que eres. Mucho cuidado, los hay más listos que tú.

 

Uno de los mayores problemas que tiene descargar archivos ilegales es que es muy posible que los ficheros no estén limpios. Los hackers son muy listos y actualmente disponen de muchas herramientas. Para ellos es muy fácil esconder el Ojo de Sauron en tu ordenador, quien lo verá absolutamente todo: documentos, contraseñas, números de cuenta, acceso a la webcam, fotografías…

 

Ahora piensa si te interesa descargar libros en PDF, cuando su versión legal cuesta 0,99€ o 2,99€ o incluso 9,90€. Descargar contenido ilegal te puede salir muy caro, así que luego no llores. Estás avisado.

 

¿Tiene solución?

Yo quiero ser optimista. Creo que mucha gente está cambiando de mentalidad. El problema es que, como he explicado a lo largo del artículo, es un problema muy arraigado. A lo largo del 2017 la piratería bajó un 6%. Estamos pendientes de los datos de 2018 pero todo indica que seguirá la misma inercia.

 

Las nuevas tecnologías, cambios de política de muchas empresas y las plataformas de televisión mediante suscripción están contribuyendo a cambiar las cosas. Ofertas más accesibles para el usuario domestico y el profesional dejan sin excusas a los piratas. Incluso hay empresas permiten que utilices su software gratis y sólo cuando generes dinero tengas que pagar por la licencia.

 

Actualmente cualquiera puede tener una copia legal de Photoshop por unos 12€ al mes o usar alternativas de software libre como GIMP.

 

HBO, Netflix o Amazon Prime son claros ejemplos de plataformas que contribuyen a que las descargas de películas y series disminuya. Aún así, sigue siendo un sector muy castigado. La suscripción base de HBO o Netflix en España cuesta 7,99€ al mes. Amazon Prime se sitúa en 19,95€ al año. Vamos que incluso contratando los tres servicios saldría más económico que aquellos tiempos en los que alquilábamos las películas en el extinto videoclub, y nadie se rasgaba las vestiduras por pagar para ver una película.

 

En el caso de Amazon y la literatura, al ser Premiun, puedes acceder a todos los títulos que quieras en su modo de préstamo. Puedes leer todo lo que quieras en versión digital por el precio de la suscripción.

 

Aun así, sigue habiendo mucha gente que se niega a pagar por estos servicios. Muchos de los que piratean seguirán haciéndolo. Siempre habrá quien quiera descargar libros en PDF, películas, series y software informático. Por eso es tan importante que los dirigentes se remanguen de una vez y tomen cartas en el asunto.

 

Todos los textos que aparecen en esta web son propiedad de ©Javier Rumegó.

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By Javier Rumego

La locura del hombre cuerdo

Azorado me dispongo a escribir esta historia que muchos tomarán por falsa o simplemente los desvaríos de un pobre demente. Sin embargo, y a pesar del lugar en el que me hallo, no estoy loco. ¡Qué más quisiera! Juro por la poca consciencia que me queda, que todo lo que voy a relatar a continuación es absolutamente cierto.

Durante estos años he hecho todo lo posible por olvidar lo que sucedió aquella noche. Los medicamentos y el amplio surtido de drogas que me administran en el psiquiátrico han estado a punto de conseguirlo. Pero esta tarde todo ha regresado a mi memoria con horrenda claridad. No importa lo que haga por escapar; no existe lugar en el que poder esconderme. Estoy condenado.

Los hechos ocurrieron hace ya muchos años. Yo tan sólo era un joven adolescente con las orejas de soplillo y un rostro alargado cubierto de acné. Era finales de verano, y al igual que otros años había ido a pasar unos días a la casa que mi amigo Nacho tenía en la sierra de Madrid. Recuerdo el sol como la yema de un huevo crudo, clavándose en las montañas, escurriéndose entre ellas. La oscuridad gobernó el cielo. La noche nos sorprendió lejos de casa. El pueblo estaba en fiestas por lo que decidimos, o mejor dicho, decidieron que aún no era el momento de regresar. Otros años habíamos hecho una fogata donde contábamos historias de miedo, pero parece ser que nos habíamos hecho mayores y eso ya no era suficiente.

Permítanme que detenga por un instante la narración, a fin de explicarles de qué manera estaba constituido aquel grupo: Paco y Gustavo eran un par de años mayores que el resto, luego estaban Rodrigo, Andrés y su primo Julio, las dos chicas, Mónica y Yolanda; y como es de entender, mi amigo Nacho y yo.

No logro recordar cuál de todos ellos propuso saltar la tapia del cementerio, pero sí el escalofrío que sentí ante semejante idea. Me llamaron gallina y se burlaron de mí. Nacho me suplicó con la mirada que no le dejara en evidencia. Tan sólo Yolanda parecía pensar lo mismo que yo. No nos hicieron caso y corrieron como endemoniados al camposanto. Acampamos junto a una pareja de mausoleos. Dicen que ante la muerte todos somos iguales, pero las tumbas recuerdan las diferencias de quiénes fuimos en vida. Los recuerdo reír con fuerza, ahora pienso que era la manera que tenían de disimular sus propios miedos. Yo, por mi parte, estaba aterrado. Gustavo sacó de su mochila un par de botellas: whisky y ginebra, que rápidamente se cubrieron de manos.

La noche se estaba convirtiendo en un infierno para mí. Odiaba la bebida. La odié desde bien pequeño, cuando mi padre llegaba a casa borracho y el peso de su mano caía sobre mi madre, mis hermanos o mi propia mejilla, o donde fuera que atinase el muy hijo de puta. Me obligaron a beber contra mi voluntad y el nudo de mi gaznate. Aturdido por el efecto embriagador de los licores, el tiempo corrió ambiguo. De repente apareció en el cielo la luna, gorda y redonda cubierta de plata. Mis sentidos estaban adormilados cuando a lo lejos oímos el sonido inquietante de las campanas. Eran las doce. Creo que a esas alturas estábamos todos borrachos y mi alma asustadiza volvió a quebrarse. Paco gritaba hasta romperse la voz intentando alterar el sueño de los muertos. Andrés vomitaba mientras su primo le sujetaba la cabeza y Rodrigo observaba atentamente cómo su amigo era capaz de expulsar semejante volumen de tan repugnante materia. Gus y Mónica se morreaban tirados en el suelo: la mano de él desaparecía bajo la camisa de ella, la mano de ella se perdía en el pantalón de él. Nacho trataba de hacer lo mismo con Yolanda, pero ésta no era tan resuelta como su amiga. Mis riñones depuraban el alcohol oprimiendo desde hacía rato mi introvertida vejiga. No me atreví a aliviarme en aquel lugar. Paco no tuvo la misma consideración y lanzó una portentosa meada sobre una tumba rematada con la imagen de la muerte, en piedra de granito y escalofriante guadaña en mano.

Unos pasos nos sobresaltaron e hicieron que instintivamente nos reagrupáramos como un banco de sardinas. Un hombre alto y delgado apareció entre las sombras vistiendo un elegante traje oscuro. El pelo blanco prensado hacia atrás y unos pómulos marcados le daban un aspecto inquietantemente siniestro.

—No deberíais estar aquí —dijo con voz profunda y sosegada—, mucho menos molestar a los difuntos.

—No molestamos a nadie, sepulturero —contestó Paco insolente—. Los muertos tienen el sueño profundo.

El misterioso hombre sonrió como lo haría un depredador ante su presa. Fue entonces cuando me fijé en su voraz dentadura, adornada por un afilado colmillo de oro.

—¿De verdad pensáis que soy el sepulturero? —estalló en una risa tan sonora como espeluznante. Tornando nuevamente el rosto serio, añadió—. Debéis iros ahora mismo de aquí y mostrarle más respeto a la muerte.

—No nos vamos a ningún lado, viejo —dijo esta vez Gustavo sacando pecho delante de su conquista.

La sombra no dijo nada. Nos miró uno a uno en silencio. Sus ojos, amarillos como los de los gatos, se clavaron en mis retinas traspasando mi alma, haciendo temblar mis esfínteres. Traté de convencerme de que todo era consecuencia del alcohol que se cobijaba en mis venas.

—Iros ahora y no os sucederá nada. Quedaos y en menos de un año la muerte vendrá a visitaros.

—Yo no le tengo miedo a la muerte —gritó Paco lanzando la botella de whisky contra la estatua de la guadaña.

—Muy bien, entonces vendré a por ti el primero.

El cielo se iluminó con un fogonazo. Hubiera dicho que fue un rayo, pero no le acompañó trueno ni tormenta alguna. El hombre misterioso había desaparecido.

No aguanté más. Tenía que irme de allí, el sudor era demasiado frío. Nuevamente ensalzaron su valor a costa de mi cobardía. Nacho no volvería a ser bienvenido mientras estuviera conmigo. Tan sólo Yolanda me secundó en la huida.

—Eres un mierda —alcancé a escuchar la voz de Paco cuando abandonaba el cementerio—, ese viejo no es más que el guardés de este maldito cementerio.

Nunca más volví a ver a Paco. No habían pasado tres meses de aquella horrible noche, cuando la muerte le encontró al atardecer de un día nuboso. Tuvo una muerte trágica y horrenda, que se me antoja debió de ser muy dolorosa. En una excursión de montaña cayó en un foso donde esperó durante horas a ser rescatado. Dijeron que se había fracturado media docena de huesos, entre ellos una costilla que se le clavó en el pulmón, dejándole finalmente sin aliento. Quisimos convencernos de que fue un accidente, que nada tenía que ver con la amenaza de aquel misterioso hombre. Pero dos meses después murió Julio al desprenderse sobre su cabeza una cornisa en mal estado. El pánico se apoderó de mi alma. Uno a uno fueron cayendo todos, tal y como dijo el extraño: Rodrigo fue acuchillado por un ladrón nervioso y primerizo; Mónica y Gustavo sufrieron un accidente de tráfico; y a mi buen amigo Nacho le reventó el corazón. Una semana antes de morir pude hablar con él. Me dijo que llevaba días soñando con el sepulturero, y que en esos sueños le decía que le estaba buscando. El último en morir fue Andrés, ahogado en un mar con corrientes traicioneras.

A estas alturas de relato, supongo que entenderán el estado de ansiedad en el que me encontraba. Tenía miedo de que la muerte también viniera a por mí. Al fin y al cabo no me fui del cementerio justo cuando ella nos lo ordenó, y no sabía si aquellos minutos de indecisión serían suficientes para salvar la vida. Yolanda cayó en una depresión profunda. Vivía sedada a base de pastillas. Pensé que moriría, y eso confirmaba que yo lo haría con ella. Pero no lo hicimos. A cambio llevamos una vida llena de sufrimiento. Hay días que dudo de si nuestro castigo fue mayor que el de nuestros amigos. Hace años que no hablo con ella, sólo verla me hacía recordar aquello que había decidido olvidar a toda costa. Traté de llevar una vida normal, pero no pude. Finalmente, tras años de terapia, di con mis huesos en este manicomio. Yo mismo me convencí de que era mucho mejor estar loco que cuerdo, pues la cordura me llevaba a una realidad tan horrenda como difícil de asimilar. Podría decir que de alguna manera había encontrado mi felicidad. Pero esta tarde mi mundo ha vuelto a desmoronarse.

Periódicamente nos hacen una evaluación para diagnosticar el progreso de nuestra patología. Al psiquiatra de hoy no le recordaba de otras veces, y sin embargo me resultaba extrañamente familiar. Quiso ahondar en mis recuerdos, pero sé mantenerlos bien guardados. No dejo que nadie entre ahí. La puerta debe de estar bien cerrada para que no se escape ningún recuerdo. Pero este maldito doctor era más insistente que los anteriores. Me estaba haciendo sudar, y yo lo único que quería era escapar. Entonces, con un gesto que parecía tranquilizador posó sus manos sobre las mías y me dijo:

—Tranquilo. Estate tranquilo ¿Es que acaso no me recuerdas?

Y entonces sonrió, y vi su colmillo de oro y sus ojos de gato. Quise apartar mis manos, pero las suyas las sujetaron fuertemente contra la mesa.

—¿Creías que por estar aquí no te encontraría? Nadie puede escapar de mí.

—¿Vas a llevarme contigo?

—Si, pero no hoy. Volveré a por ti dentro de muchos años.

—Llévame contigo. Libérame de una vez —grité desesperado.

Una enfermera rechoncha, con permanente de hace tres décadas entró jeringuilla en mano, pero el doctor la detuvo.

—Alto. Este paciente no necesita eso. Debe saber que esto no ha sido un sueño. Tiene que decidir si quiere seguir siendo un loco o un hombre cuerdo —dijo con una sonrisa antes de irse.

Por más que intentemos negarlo o en el mejor de los casos no pensar en ello, nadie escapa de la muerte. No se trata de cuándo o cómo moriremos, sino de cómo vivimos hasta que eso sucede. Yo ya lo he decidido. Mi alma está desgarrada como el vientre de un becerro ante las fauces de una manada de lobos. En cuanto termine de escribir estas líneas, golpearé mi cabeza contra la pared, y o viene el sepulturero a buscarme de una maldita vez o en un rato estaré con la cabeza abierta, vistiendo una elegante camisa blanca.

 

Todos los textos que aparecen en esta web son propiedad de ©Javier Rumegó.

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By Javier Rumego

El callejón de las sombras

No sé cómo ni cuando la perdí, pero hace mucho tiempo que vivo sin ella, tanto que no recuerdo el tipo de hombre que era antes de extraviarla. Quizá fue el verano que viajé por Europa o un par de otoños después cuando se cruzó en mi vida aquella anciana de manos como ramas secas o tal vez fue todo o quizá nada. No sé, sea como sea, trato de sobrevivir sin ella, y tal y como está el mundo, quién sabe, quizá sea mejor así.

Pronto amanecerá. No ha dejado de llover en toda la noche. Siento el frío calando mis huesos. Echo la mano al bolsillo de la cazadora y recuerdo que he dejado de fumar. Por lo general lo llevo bien, pero en momentos como éste le vendería el alma al Diablo por un cigarrillo. La lluvia golpetea el suelo sin cesar. Me resguardo bajo la estrecha cornisa que hay en el callejón, pero eso no evita que mis desgastadas botas estén empapadas, igual que el bajo de los pantalones. Precariamente cobijado, y resguardado bajo las sombras de la noche espero silencioso la llegada de Roberto, igual que las otras veces, en el sitio acordado. Apenas sé nada de él, ni tan siquiera su apellido: simplemente Roberto o Rober como él insiste en que le llame.

He llegado antes de la hora y la espera se me hace eterna. Estoy  agotado. Agradecería un sitio donde poder recostarme. Qué bien me vendría ahora mi viejo coche. Apoyo la espalda contra la pared y siento su frío traspasar el abrigo de mi ropa. Acepto el peaje por liberar mis piernas del peso de mi alma. Ha sido una noche muy larga.

Tras un par de perritos y una ración generosa de patatas, me dirigí al local del moro para intentar conseguir información acerca del material robado a unos grandes almacenes hacía tan sólo un par de días. Como era de esperar no me recibieron con los brazos abiertos, mucho menos con una sonrisa. Mustafá es un tipo capaz de robarle el tacataca a una anciana: un mal bicho del que conviene guardarse las espaldas, el muy cabrón. Pero lo cierto es que yo no soy mejor que él, y a diferencia de la mayoría de personas con las que trata, me importa una mierda lo que pueda hacerme. Nada más verme, movió su despreciable cabeza en distintas direcciones y, como si estuviese provisto de un poder mágico, se levantaron inmediatamente todos aquellos que fueron rozados por su mirada: un total de cuatro conté, aunque en realidad fueron cinco. Aún me duele la mandíbula por el suspenso en matemáticas. Uno a uno los fui derribando: primero, y siguiendo una regla ineludible, noqueé sin piedad al más grande de todos, para a continuación ir deshaciéndome de un resto asustadizo, hasta quedarme con las pelotas del Mustafá bien estrujadas en mi mano. No necesité más que un par de apretones y amenazarlo de quedarme con su circuncisión en la mano para que me dijera todo lo que quería oír.

Hice una llamada y media hora después estaba en el lugar indicado. Parecía desierto, pero advertida por mi presencia, una sombra salió de entre la oscuridad. La silueta me esperaba bajo la luz de la farola. Le di la información y a cambio me entregó el sobre acordado. Concluido el negocio, cada uno se fue por su lado, y la sombra volvió a fundirse con la noche.

Con el dinero fresco en mi poder, dudé si poner a prueba mi suerte en el casino o hacer una visita a las chicas de Marisol. Finalmente decidí pasarme por la trastienda del señor Lee; ese chino cabrón sabe lo que se hace y es un tipo legal. Si la fortuna seguía de mi lado, más tarde me dejaría un buen dinero con dos o tres muchachas en casa de la fulana. No pude entrar en ninguna partida de póker, lo que me llevó inexorablemente a la mesa de la ruleta.

Llevaba dos whiskies y doscientos euros perdidos cuando el teléfono empezó a vibrar incómodo en el bolsillo. Rápidamente identifiqué el número y contesté. La señora de Fonseca me avisaba de que su marido había salido de casa con la excusa de una emergencia en el trabajo. Según parece, esas urgencias se sucedían con relativa frecuencia, lo que llevó a esta buena mujer a contratar mis servicios. Apuré la copa y salí del casino. Apenas un par de semanas antes instalé un localizador en el vehículo del sospechoso. Saqué el móvil y rogué porque hubiese cogido su coche y no el de su esposa. Hubo suerte: el puntito rojo se desplazaba nítidamente por la pantalla de mi teléfono. Sin duda, la diosa Fortuna estaba de mi parte; de haberme ido al burdel me habría sido imposible pasarme por el hostal a por la réflex. Cogí un taxi y le fui indicando hacia donde quería ir hasta que llegué a mi destino. Estaba a tan sólo un par de calles de mi objetivo, y desde luego no estábamos cerca de sus oficinas. La calle se encontraba desierta, por lo que me resultó fácil distinguir dos figuras de pie en mitad de la noche. Oculto entre los coches cubrí la cámara con un plástico, activé los infrarrojos y aumenté el zoom para acercarme a donde la vista no me alcanzaba. «Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Resulta que nos ha salido trucha, el muy cabrón». Estaban hablando, seguramente negociando, cuando el chapero tomó la mano del marido y la acercó hasta su paquete. Como un acto reflejo mi dedo presionó el botón de disparo. Allí mismo empezaron a morrearse, juntando sus cuerpos como dos serpientes en celo. Distraídos por la efusividad de su lascivia fueron sorprendidos por un tercero, un merodeador de la noche, un ratero del tres al cuarto. El filo de una navaja destelló en la oscuridad. El puto se sobresalto y empezó a hacer aspavientos como una maricona histérica. El ladrón le reprendió para que se callara. En ese mismo instante el marido infiel lo golpeó con el mango del paraguas y la violencia de mil demonios. El pobre desgraciado cayó al suelo de bruces, donde fue rematado por una docena de patadas. El chapero cubría su boca con las manos, contemplando como la sangre del ratero se diluía en el agua. Si no estaba muerto, terminaría ahogándose. El empresario sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y cubriendo sus manos con él agarró del cuello al maricón. Presionándolo contra la pared le dijo algo al oído hasta que su presa asintió tímidamente. Sin más, le sacó la verga y allí mismo empezó a mamársela. Mi dedo entró en estado de tic. Al poco se incorporó y golpeó al chapero con la misma violencia que lo hiciera antes con el ratero. Los dos cuerpos, probablemente amigos, seguramente compinches, yacían juntos en el suelo. El violento sacó su teléfono e hizo una llamada, quizá a su abogado o tal vez a otro fulano que terminara por satisfacer sus necesidades carnales. Fuera como fuese, no me iba  quedar allí para comprobarlo. Ya tenía lo que había ido a buscar y con un poco de suerte lo cobraría esa misma noche. El marido de mi cliente, desapareció de la escena como un fantasma. Podía haber ido a auxiliar a los desgraciados, pero aquella no era mi guerra. Cada uno sabe donde se mente y debe asumir las consecuencias de lo que hace. Si ya estaban muertos nada podía hacer por ellos, como mucho dejar una colección de huellas en sus cadáveres  o algún rastro que llevase a la policía hasta mi guarida. Ni hablar. Bastante tensas estaban ya las cosas con los maderos. El teniente Hernández me tiene entre ceja y ceja desde hace tiempo y no iba arriesgarme por dos miserables como esos. En fin, que cada perro lama su pijo. Llamé a mi cliente para confirmarle que tenía el material. Me dijo que su marido acababa de llamarla avisándole de que se había complicado muchísimo el trabajo y que seguramente no iría en toda la noche. Quedamos que en una hora le llevaría las fotografías. Otro taxi me llevó nuevamente al hostal, donde hice una copia de las instantáneas.

Alguien entra en el callejón. Por la manera de andar, inmediatamente percibo que no es Roberto. Tan sólo se trata de un adolescente perdido y borracho, suficiente para darme un buen susto. No pasan más de cinco minutos de la hora acordada, pero este tío tiene una puntualidad británica. Nunca antes se había retrasado. Me pregunto, impaciente, qué le habrá sucedido.

Ya en mi habitación separé cuidadosamente las imágenes sexuales de las de las agresiones, y grabé un cd que me cuidé en dejar limpio de huellas. Las otras imágenes quedarían a buen recaudo en una carpeta oculta dentro de mi portátil. Algún insensato habría intentado sacar partida de un material como este, pero yo no soy tan estúpido. Si algo he aprendido en la vida es que a los ricos y a los poderosos es mejor dejarlos tranquilos. El señor Fonseca es un tipo de muchos recursos y buenos amigos, que además se gasta unas malas pulgas de mil cojones. Yo nunca fui el más listo del colegio, pero al menos me da para ser consciente de mis limitaciones; y eso en el mundo en el que vivo es mucho. Extorsionar a hombres como éste es arriesgarse a acabar en el fondo del río con zapatos de cemento, un tiro en la frente o con la cabeza abierta de un paraguazo.

Si se sorprendió no mostró signo alguno en su rostro que la delatara. La señora de Fonseca observó detenidamente las fotos. Sacó el disco del ordenador y me entregó el sobre con la recompensa.

−Aquí tiene su dinero. Ha hecho un buen trabajo, detective.

−En realidad no soy detective.

−¿Qué es entonces?

−Alguien que hace encargos, señora.

Debió de gustarle la respuesta porque sonrió.

−Es una lástima, incluso pensé que se llamaría Flanagan.

−La gente me llama Curro.

Pausa.

−Me gustaría hacerle otro encargo −dijo entonces−. Me casé con mi marido siendo muy joven, y bueno eran otros tiempos. El caso es que es el único hombre con el que he estado y ahora resulta que es −duda− homosexual. Me gustaría saber qué se siente al ser penetrada por un macho de verdad.

Permanecí en silencio.

−Le pagaré. Le pagaré bien.

A pesar de superar de largo los cincuenta, la muy hija de puta tenía el culo y las piernas más duras que muchas fulanas de veinte; qué razón tenía el bizco cuando aseguraba que no había nada como las posaderas de una ricachona que se pasaba todo el día metida en el gimnasio. La puse a cuatro patas contra la mesa del salón y la folle salvajemente: la tiré del pelo, la insulté, azoté sus nalgas, mordí su espalda y rugí como un león mientras ella relinchaba como una yegua. Debió de quedar complacida, pues además del dinero acordado me dio una generosa propina; en total mil quinientos euros por un polvo que estaría encantado de repetir. No quise entretenerme más de la cuenta, no fuera a ser que el marido nos sorprendiera presentándose antes de lo previsto. Me acompañó hasta la puerta y me despidió con un beso en los labios, una sonrisa y un hasta pronto.

El cielo está clareando. El día va ganándole terreno a la noche, y en pocos minutos suyo será el cielo. Unos zapatos resuenan precipitados en la calle. Instintivamente me pego a la pared tratando de ocultarme. Por fin aparece Roberto. Me relajó. Veo como su cara bonachona y regordeta se decora con una sonrisa.

−Perdona el retraso. La niña se ha puesto mala esta noche y me he esperado para darle la medicina. Vamos a tener que darnos prisa, ya hay gente esperando en la entrada.

Abre la discreta puerta de atrás y entramos en el local. Rápidamente me pongo a preparar café mientras Roberto se hace cargo del resto. En breve llegarán las monjas con comida caliente y algún dulce. Se nota que estamos coordinados: Rober lleva años haciendo esto y yo siempre he sido bastante espabilado. En cuanto lleguen las hermanas abriremos las puertas del comedor.

Sirvo sopa caliente. Cada plato que doy me lo pagan con una sonrisa: una niña pequeña, un hombre de unos cuarenta años con traje y corbata, una anciana…, en todos ellos veo el rostro de Sara mirándome orgullosa. Dios, cómo la echo menos.

 

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By Javier Rumego

Danzarina

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