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By Javier Rumego

¿Es suficientemente buena la calidad de los libros independientes?

La calidad de los libros independientes está en entredicho por ser el eslabón más débil de la cadena. Libros y literatura son dos cosas distintas que a veces confluyen armónicamente en el mismo espacio, pero no necesariamente. La literatura es sólo una pequeña parte de un mercado que mueve miles de millones de euros al año. Cuanto antes te metas esto en la cabeza, mucho mejor. Te evitará disgustos y dolores de cabeza.

 

Tienes que dejar de ver un libro como algo sagrado a lo que rendir pleitesía y verlo como un producto. Y sí, hablo de productos porque es lo que son. Aquí no estamos hablando de literatura, eso es otra cosa muy diferente. A mucha gente le gustan los libros pero no a todos les gusta la literatura. Las personas compran libros por motivos muy diferentes. La mayoría, por supuesto, para leer y entretenerse, otras para decorar la casa, para parecer más cultas o para que el famoso de turno se los firme.

 

Desde hace unos años vivimos una revolución editorial fascinante. Actualmente podemos encontrar un amplio abanico de alternativas a la edición tradicional. En España existe un gran número de pequeñas editoriales y empresas de servicios de edición que pueden facilitarte publicar tu novela, especialmente si eres un escritor novel y te has desgastado los nudillos llamando a las puertas de las grandes editoriales y lo único que has conseguido es silencio. Pero si alguien ha puesto esta industria patas arriba han sido las plataformas online como Lektu, Bubok, Lulu y por encima de todas ellas, Amazon.

 

Nunca ha sido tan fácil ver tu libro publicado, ya sea en formato digital o en papel, lo cuál puede llevar a mucha gente a plantearse si la calidad de los libros independientes es suficientemente buena. De hecho, hay gente que afirma rotundamente que no lee ni leerá a ningún escritor desconocido porque la calidad de los libros independientes es mala.

 

Abrir las puertas de par en par para que cualquiera publique su libro, incrementa las posibilidades de encontrar libros mal escritos. La inexistencia de filtros y la osadía de muchos autores puede hacer peligrar la reputación de la calidad de los libros independientes. Sin embargo, el panorama en las editoriales tradicionales no está mucho mejor. Acomódate en la silla, en el sofá o dónde quiera que estés, porque a lo largo de este artículo voy a hablarte sobre la calidad de los libros en el panorama actual.

 

Diferentes opciones para editar

Antes de nada, quiero que veamos resumidamente las diferentes posibilidades que tenemos a la hora de publicar un libro, especialmente cuando no hemos publicado nada antes.

 

Digamos que tenemos tres opciones principales a la hora de publicar. Las explico muy brevemente.

 

Edición tradicional

Es cuando la editorial te paga por tus derechos de autor para llevar a cabo la explotación de tu obra. Ellos exponen su dinero para sacar tu libro adelante. Se encargan absolutamente de todo: correcciones ortotipográficas y de estilo, edición, maquetación, diseño de la portada y contraportada, promoción, etc. Vamos, ellos lo hacen todo. Confían en tu talento o en tu producto y arriesgan. Tú no tienes que preocuparte de nada, o de casi nada.

 

Algunos autores independientes hablan pestes de las editoriales tradicionales hasta que una de las gordas le pone un contrato y una estilográfica encima de la mesa. No nos engañemos, la mayoría de los que escribimos aspiramos a ser publicados por una gran editorial. Ser publicado por una editorial te ofrece una serie de posibilidades que no tienes de ninguna otra manera. Lo primero de todo es el prestigio, luego están el acceso a las distribuidoras y la posibilidad de vender tu libro en grandes centros comerciales, librerías, etc., así como presencia en eventos y firmas de libros en las ferias más importantes.

 

Entrar en una editorial tradicional no es nada fácil en la actualidad, seguramente nunca lo ha sido. Si no eres famoso lo tienes realmente jodido, incluso si escribes rematadamente bien (de esto hablaré un poco más adelante). Por el momento te diré que puedes intentar mandarles tus manuscritos o participar en sus concursos literarios. En muchos casos tendrás que bajarte los pantalones y poner el culito en pompa para acceder a sus condiciones.

 

Por este y otros motivos la tendencia está cambiando en EEUU. Algunos escritores de prestigio han decidido abandonar el barco y se han lanzado a la aventura. Ya sabemos que lo que se pone de moda en el “país de las oportunidades” termina desembarcando tarde o temprano en Europa. Ya veremos lo que pasa finalmente a este lado del océano. Personalmente creo que en España difícilmente un escritor con fama y fortuna va a querer cruzar solo el Orinoco.

 

Si quieres más información de cómo publicar con una editorial tradicional te recomiendo que leas este artículo de escritores.org

 

Coedición

La coedición es cuando una editorial o supuesta editorial te ofrece publicar tu libro corriendo tú con todos los gastos o, en el mejor de los casos, repartiéndolos al 50%. Personalmente esta opción no me gusta, incluso cuando estas editoriales tienen acceso a las distribuidoras y presencia en ferias importantes.

 

Con las editoriales de coedición hay que tener los ojos muy bien abiertos y las orejas tiesas. Muchas de estas empresas no son otra cosa que empresas de servicios editoriales, y en el peor de los casos simples imprentas enmascaradas que lo único que les interesa es hacer una tirada de libros, importándoles una mierda la calidad de tu novela.

 

En el mejor de los casos la editorial compartirá contigo los gastos, diseñarán tu portada y pondrán a tu disposición sus correctores y editores para revisar tu obra. El acabado final del libro debería de ser óptimo, al menos en cuanto aspecto; del contenido todavía no hemos hablado. Podrás elegir si lo quieres en tapa blanda o tapa dura y una serie de opciones que dependerán del dinero que estés dispuesto a gastarte.

 

A fin de no alargarme más, te dejo este enlace a un artículo de Mariana Eguaras donde encontrarás más información sobre la coedición.

 

Autoedición pura y dura

Yo me lo guiso, yo me lo como. La autoedición es cuando el autor se encarga absolutamente de todo. Una vez tengas terminado tu libro, tendrás que encargarte de corregirlo, editarlo, maquetarlo, diseñar la cubierta, elegir formato, promocionarlo, etc. Si te está entrando vértigo, acomódate en la silla, bebe un poco de agua y coge aire porque esto sólo es el comienzo.

 

Ser autor independiente conlleva muchas más cosas de las que te hablaré en próximos artículos. Por el momento estamos centrándonos tan sólo en el proceso de edición para que publiques un libro saneado y con buena presencia, como cuando vas al baile o a pedir trabajo.

 

Uno de los errores principales de algunos escritores que se autoeditan es pensar que pueden hacerlo todo sin ayuda de nadie. Todos los libros necesitan pasar varios filtros, incluso los que están escritos por los autores más prestigiosos. Quizá pienses que eres especial y que escribes mejor que nadie; ese sería otro error lamentable.

 

Cualquier libro que se publique debe pasar al menos por una corrección ortotipográfica que subsane erratas, signos de puntuación incorrectos y demás alimañas que se esconden entre los matorrales de las letras. La corrección de estilo quizá no sea tan obligatoria pero sí recomendable. Creo que cualquiera que se dedique a escribir debería de tener su estilo definido y manejar las letras lo suficiente como para que no te tengan que entablillar todos y cada uno de los párrafos de tu novela. La portada, si no sabes de diseño gráfico (incluso sabiendo) tendrás que buscar alguien que te haga el trabajo. Pagar 30€ por este tipo de trabajos no es una opción recomendable. Rodéate de buenos profesionales y conseguirás un producto mejor.

 

En mi caso, prefiero publicar por mi cuenta. Ya que voy a gastarme el dinero en correctores y diseñadores, me gusta elegir quién va a hacerme el trabajo. Prefiero ponerme en contacto con empresas de servicios editoriales o profesionales de mi confianza a no saber quién va a hacerme este trabajo. Y respecto a la distribución, trabajo con Amazon que tiene presencia mundial y puede imprimir mi libro bajo demanda.

 

Editoriales independientes

Quiero mencionar antes de cerrar este apartado a las editoriales independientes. Suelen ser editoriales pequeñas con un sector literario muy bien definido, en las que es más fácil asomar la cabeza que en una editorial tradicional y de mayor volumen. Algunas de estas editoriales independientes pueden funcionar como las editoriales tradicionales haciéndose cargo de todos los gastos o pueden ser editoriales de coedición.

 

Sea como sea, a no ser que una editorial tradicional quiera arriesgar su dinero por ti, cosa que no suelen hacer con autores primerizos, tienes muchas opciones para elegir la manera de publicar tu obra. Pero para sacar al mercado un buen producto tendrás que rascarte el bolsillo. De ti depende elegir una u otra opción. Aquí te dejo un enlace de la web Autorquía que seguramente te interese.

 

La calidad de los libros independientes

Una vez aclaradas las distintas opciones de publicación que tenemos, volvemos al principio para hablar sobre la calidad de los libros independientes, y ¡qué coño!, también de los otros.

 

Decir que los libros de autores independientes no tienen calidad no es un argumento válido, más aún cuando viene de alguien que se jacta de no haber leído nunca un solo libro de un autor que no fuera conocido. Para que una opinión pueda ser tomada en serio debería al menos estar fundamentada.

 

Por supuesto que dentro de la literatura independiente hay libros malos, incluso muy malos. Yo mismo me he cruzado con más de uno, pero también he leído muy buenos libros. Exactamente igual que con los libros publicados por grandes editoriales.

 

Lo que sí es cierto, y esto no podemos obviarlo, es que hay todavía cierta tendencia a pensar que si un libro no está publicado por una editorial tradicional es simple y llanamente porque no es suficientemente bueno. Incluso hemos visto este parecer en escritores prestigiosos, probablemente por desconocimiento del mundo editorial más allá del que afortunadamente conocen.

 

Desde luego, si eres un escritor novato y desconocido y le presentas a una editorial un manuscrito sin calidad, no te lo van a editar de ninguna de las maneras. Lo más normal es que te contesten con el más absoluto silencio y que los grillos te canten al oído.

 

Las editoriales no son los guardianes de la literatura

Las editoriales son empresas que como tales tienen que sacar beneficios porque si no lo hacen tienen que echar el cierre como cualquier otro negocio. La literatura es parte de su trabajo, pero tienen que ajustar cuentas y llenar de garbanzos el plato de todos sus trabajadores. Por eso encuentras infinidad de libros que nada tienen que ver con la literatura: libros de cocina, de autoayuda, libros de fotografía, biografías de famosos…, en fin, de todo lo que puedas imaginarte.

 

En cuanto a los libros literarios, no cambia mucho la cosa. Las editoriales no son la Orden Sagrada que tienen que cuidar del arte de la literatura. No, ellas buscan un producto que pueda interesarte y que les salga rentable. Las grandes editoriales tienen gente muy preparada que sabe o cree saber los gustos de los lectores en cada momento. Buscan el género más de moda y lo explotan.

 

Incluso en el caso de que les presentes un buen manuscrito, qué digo bueno, pongámonos en una novela excelente, superlativa…, lo más posible es que no te la publiquen. ¿Por qué? Porque no te conoce ni el tato; así de simple. Si no te conoce ni tu padre, la inversión de la editorial para vender tu obra aumenta, lo que la convierte en una apuesta arriesgada.

 

A las editoriales les importan más los números que las letras

Para ellos es mucho más rentable buscar apuestas seguras, gente conocida que quiera publicar un libro. A una editorial le es más fácil sacarle rentabilidad al libro de Mónica Carrillo o Boris Izaguirre que al tuyo.

 

Luego hay otros casos que si llevas poco en esto quizá te cuesten más digerir. Al final terminas haciendo callo y entendiendo cómo funciona el mundo editorial. El último ejemplo es el libro La tinta de mis ojos de la cantante de OT Aitana Ocaña, editado ni más ni menos que por la editorial Alfaguara, a la que se le presuponía cierta calidad en sus libros. Pero claro, ¿cómo desaprovechar una golosina tan suculenta? La propia cantante ha reconocido que la editorial le puso una “coach literaria” para “ayudarle” a escribir el libro. La cosa suena fea de cojones y huele a podrido, pero será rentable y ayudará a cuadrar las cuentas.

 

Estoy seguro que muchos de los que dicen que la calidad de los libros independientes es mala son consumidores de este tipo de libros que aprovechan el tirón del famosete del momento, como por ejemplo: El abrazo infiel de Olvido Hormigos, Defectos perfectos de Chenoa, Creer: el desafío de superarse siempre de Diego Pablo Simeone o el recientemente publicado Bajo el aro de mi admirado Pau Gasol. No voy a decir que estos libros no sean interesantes, pero calidad literaria más bien poca. Eso sí, están bien presentados y seguramente no tengan erratas.

 

Luego están los libros de rebaño. Casos como el de Megan Maxwell, quien en esta entrevista confiesa que no lee libros y se inspira viendo pornografía. Sin embargo, esta escritora madrileña tiene un éxito de ventas increíble y una legión de seguidores con nombre propio. Ellas dando palmas con las orejas por hacer tríos. Ellos dándole las gracias porque ya se veían el resto de su vida tocando la zambomba. Sin duda, un gran acierto de la editorial que le propuso hacer este tipo de novelas. Igual que la lectora profesional que recomendó publicar el libro El tiempo entre costuras de María Dueñas; una novela, a mi modo de ver, con una narrativa muy justa, un ritmo intermitente, un final mal desarrollado y personajes desaprovechados, que sin embargo vendió más de un millón de ejemplares.

 

Aquí entraríamos a hablar de los gustos de los lectores y del público en general. Pero sería muy extenso y es mejor hablar de ello en otro artículo más adelante.

 

Bienvenidos a la jungla

La competencia en el mundo editorial es despiadada. Los libros mueven mucho dinero, y ese es un animal muy hambriento. Las grandes editoriales se dan de hostias para sacar sus productos adelante. Son capaces hasta de inventarse géneros literarios con tal de aumentar sus ventas.

 

Y en medio de esa guerra de gigantes aparecemos nosotros, los escritores independientes, intentando hacernos un hueco con nuestro tirachinas. Tienes que ser muy testarudo y tenaz para sobrevivir y no caer en la desesperanza. Sólo a base de constancia y trabajo duro podrás recoger unas migajas del pastel. Quizá entonces una gran editorial te ofrezca unirte a su ejército.

 

Ganar un lector es un trabajo arduo pero muy gratificante. Sólo podrás hacerlo si la calidad de los libros independientes que escribas es realmente buena. Cada año se editan cientos de miles de libros. Entre ellos tienes que competir con grandes escritores y con los clásicos, que siempre habitan las estanterías. Cómo le dices a un lector que te lea a ti antes que Shakespeare, que a Reverte, que a Javier Marías, que a Dolores Redondo, que a Bulgákov…, que a tantos otros.

 

Los escritores independientes no somos los salvadores de la literatura

También puedes encontrar personas que despotrican sobre las novelas que publican las editoriales más prestigiosas. Creo que algunos escritores piensan que los escritores independientes somos los que vamos a salvar a la literatura. Pero nosotros no salvamos nada, no somos adalides de nada. Tan sólo hacemos nuestro trabajo de la mejor forma posible, gastando nuestro tiempo, nuestro dinero y a veces incluso a nuestros seres queridos.

 

Afortunadamente sigue habiendo muy buenos escritores y editoriales que publican sus libros. Por supuesto hay mucha “comida rápida” que quita el hambre, pero también hay muy buenos libros que alimentan el espíritu. Sólo hay que saber buscar.

 

En realidad, si ves el catálogo de libros de las estanterías del Corte Inglés o de la FNAC y el catálogo de Amazon a veces piensas que estas viendo lo mismo. Las ansias por labrarnos un nombre que nos permita vivir de nuestras letras, pueden hacernos caer en los mismos errores. Mismos géneros, portadas similares, sinopsis muy parecidas. Muchas veces viendo las cubiertas de los libros, de uno y de otro sitio, tengo la sensación de estar viendo una de esas películas de Antena 3 de un sábado por la tarde. Afortunadamente hay excepciones, al igual que antes, tan sólo hay que saber buscar. Y leer mucho.

 

¿Eres de los que arriesgas o de los que no salen de su zona de confort?

Si has llegado hasta aquí, te pediría que abras un poco la mente y nos des una oportunidad. Si el primer libro independiente que eliges no es suficientemente bueno, haz como harías con un libro de los que habitualmente consumes, y no te rindas. Hay buenos escritores independientes esperándote como pueden ser: Joan Roure y su maravillosa novela La casa entre el sorgo o Marta Abelló con Los Hijos de Enoc o Iván Gilabert con La Roca Sagrada o Gema Herrero Virto y sus Crímenes del Lago.

 

También puedes entrar En el Laberinto, mi novela, TOTALMENTE GRATIS. Sin salir de la web. Pongo a tu disposición los tres primeros capítulos para que no tengas que pagar antes de decidirte. De hecho, subo la apuesta. Desde ahora no son tres sino cuatro los capítulos que puedes leer antes de decidir si quieres gastarte el dinero.

 

Concluyo diciendo que puedes encontrar muy buenos libros tanto de editoriales prestigiosas como de autores independientes, que el único problema que tienen es su falta de visibilidad y la inaccesibilidad a una de las grandes editoriales, así como la reticencia de algunos lectores a salir de su mundo de confort y arriesgarse con la lectura.

 

Todos los textos que aparecen en esta web son propiedad de ©Javier Rumegó.

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By Javier Rumego

La locura del hombre cuerdo

Azorado me dispongo a escribir esta historia que muchos tomarán por falsa o simplemente los desvaríos de un pobre demente. Sin embargo, y a pesar del lugar en el que me hallo, no estoy loco. ¡Qué más quisiera! Juro por la poca consciencia que me queda, que todo lo que voy a relatar a continuación es absolutamente cierto.

Durante estos años he hecho todo lo posible por olvidar lo que sucedió aquella noche. Los medicamentos y el amplio surtido de drogas que me administran en el psiquiátrico han estado a punto de conseguirlo. Pero esta tarde todo ha regresado a mi memoria con horrenda claridad. No importa lo que haga por escapar; no existe lugar en el que poder esconderme. Estoy condenado.

Los hechos ocurrieron hace ya muchos años. Yo tan sólo era un joven adolescente con las orejas de soplillo y un rostro alargado cubierto de acné. Era finales de verano, y al igual que otros años había ido a pasar unos días a la casa que mi amigo Nacho tenía en la sierra de Madrid. Recuerdo el sol como la yema de un huevo crudo, clavándose en las montañas, escurriéndose entre ellas. La oscuridad gobernó el cielo. La noche nos sorprendió lejos de casa. El pueblo estaba en fiestas por lo que decidimos, o mejor dicho, decidieron que aún no era el momento de regresar. Otros años habíamos hecho una fogata donde contábamos historias de miedo, pero parece ser que nos habíamos hecho mayores y eso ya no era suficiente.

Permítanme que detenga por un instante la narración, a fin de explicarles de qué manera estaba constituido aquel grupo: Paco y Gustavo eran un par de años mayores que el resto, luego estaban Rodrigo, Andrés y su primo Julio, las dos chicas, Mónica y Yolanda; y como es de entender, mi amigo Nacho y yo.

No logro recordar cuál de todos ellos propuso saltar la tapia del cementerio, pero sí el escalofrío que sentí ante semejante idea. Me llamaron gallina y se burlaron de mí. Nacho me suplicó con la mirada que no le dejara en evidencia. Tan sólo Yolanda parecía pensar lo mismo que yo. No nos hicieron caso y corrieron como endemoniados al camposanto. Acampamos junto a una pareja de mausoleos. Dicen que ante la muerte todos somos iguales, pero las tumbas recuerdan las diferencias de quiénes fuimos en vida. Los recuerdo reír con fuerza, ahora pienso que era la manera que tenían de disimular sus propios miedos. Yo, por mi parte, estaba aterrado. Gustavo sacó de su mochila un par de botellas: whisky y ginebra, que rápidamente se cubrieron de manos.

La noche se estaba convirtiendo en un infierno para mí. Odiaba la bebida. La odié desde bien pequeño, cuando mi padre llegaba a casa borracho y el peso de su mano caía sobre mi madre, mis hermanos o mi propia mejilla, o donde fuera que atinase el muy hijo de puta. Me obligaron a beber contra mi voluntad y el nudo de mi gaznate. Aturdido por el efecto embriagador de los licores, el tiempo corrió ambiguo. De repente apareció en el cielo la luna, gorda y redonda cubierta de plata. Mis sentidos estaban adormilados cuando a lo lejos oímos el sonido inquietante de las campanas. Eran las doce. Creo que a esas alturas estábamos todos borrachos y mi alma asustadiza volvió a quebrarse. Paco gritaba hasta romperse la voz intentando alterar el sueño de los muertos. Andrés vomitaba mientras su primo le sujetaba la cabeza y Rodrigo observaba atentamente cómo su amigo era capaz de expulsar semejante volumen de tan repugnante materia. Gus y Mónica se morreaban tirados en el suelo: la mano de él desaparecía bajo la camisa de ella, la mano de ella se perdía en el pantalón de él. Nacho trataba de hacer lo mismo con Yolanda, pero ésta no era tan resuelta como su amiga. Mis riñones depuraban el alcohol oprimiendo desde hacía rato mi introvertida vejiga. No me atreví a aliviarme en aquel lugar. Paco no tuvo la misma consideración y lanzó una portentosa meada sobre una tumba rematada con la imagen de la muerte, en piedra de granito y escalofriante guadaña en mano.

Unos pasos nos sobresaltaron e hicieron que instintivamente nos reagrupáramos como un banco de sardinas. Un hombre alto y delgado apareció entre las sombras vistiendo un elegante traje oscuro. El pelo blanco prensado hacia atrás y unos pómulos marcados le daban un aspecto inquietantemente siniestro.

—No deberíais estar aquí —dijo con voz profunda y sosegada—, mucho menos molestar a los difuntos.

—No molestamos a nadie, sepulturero —contestó Paco insolente—. Los muertos tienen el sueño profundo.

El misterioso hombre sonrió como lo haría un depredador ante su presa. Fue entonces cuando me fijé en su voraz dentadura, adornada por un afilado colmillo de oro.

—¿De verdad pensáis que soy el sepulturero? —estalló en una risa tan sonora como espeluznante. Tornando nuevamente el rosto serio, añadió—. Debéis iros ahora mismo de aquí y mostrarle más respeto a la muerte.

—No nos vamos a ningún lado, viejo —dijo esta vez Gustavo sacando pecho delante de su conquista.

La sombra no dijo nada. Nos miró uno a uno en silencio. Sus ojos, amarillos como los de los gatos, se clavaron en mis retinas traspasando mi alma, haciendo temblar mis esfínteres. Traté de convencerme de que todo era consecuencia del alcohol que se cobijaba en mis venas.

—Iros ahora y no os sucederá nada. Quedaos y en menos de un año la muerte vendrá a visitaros.

—Yo no le tengo miedo a la muerte —gritó Paco lanzando la botella de whisky contra la estatua de la guadaña.

—Muy bien, entonces vendré a por ti el primero.

El cielo se iluminó con un fogonazo. Hubiera dicho que fue un rayo, pero no le acompañó trueno ni tormenta alguna. El hombre misterioso había desaparecido.

No aguanté más. Tenía que irme de allí, el sudor era demasiado frío. Nuevamente ensalzaron su valor a costa de mi cobardía. Nacho no volvería a ser bienvenido mientras estuviera conmigo. Tan sólo Yolanda me secundó en la huida.

—Eres un mierda —alcancé a escuchar la voz de Paco cuando abandonaba el cementerio—, ese viejo no es más que el guardés de este maldito cementerio.

Nunca más volví a ver a Paco. No habían pasado tres meses de aquella horrible noche, cuando la muerte le encontró al atardecer de un día nuboso. Tuvo una muerte trágica y horrenda, que se me antoja debió de ser muy dolorosa. En una excursión de montaña cayó en un foso donde esperó durante horas a ser rescatado. Dijeron que se había fracturado media docena de huesos, entre ellos una costilla que se le clavó en el pulmón, dejándole finalmente sin aliento. Quisimos convencernos de que fue un accidente, que nada tenía que ver con la amenaza de aquel misterioso hombre. Pero dos meses después murió Julio al desprenderse sobre su cabeza una cornisa en mal estado. El pánico se apoderó de mi alma. Uno a uno fueron cayendo todos, tal y como dijo el extraño: Rodrigo fue acuchillado por un ladrón nervioso y primerizo; Mónica y Gustavo sufrieron un accidente de tráfico; y a mi buen amigo Nacho le reventó el corazón. Una semana antes de morir pude hablar con él. Me dijo que llevaba días soñando con el sepulturero, y que en esos sueños le decía que le estaba buscando. El último en morir fue Andrés, ahogado en un mar con corrientes traicioneras.

A estas alturas de relato, supongo que entenderán el estado de ansiedad en el que me encontraba. Tenía miedo de que la muerte también viniera a por mí. Al fin y al cabo no me fui del cementerio justo cuando ella nos lo ordenó, y no sabía si aquellos minutos de indecisión serían suficientes para salvar la vida. Yolanda cayó en una depresión profunda. Vivía sedada a base de pastillas. Pensé que moriría, y eso confirmaba que yo lo haría con ella. Pero no lo hicimos. A cambio llevamos una vida llena de sufrimiento. Hay días que dudo de si nuestro castigo fue mayor que el de nuestros amigos. Hace años que no hablo con ella, sólo verla me hacía recordar aquello que había decidido olvidar a toda costa. Traté de llevar una vida normal, pero no pude. Finalmente, tras años de terapia, di con mis huesos en este manicomio. Yo mismo me convencí de que era mucho mejor estar loco que cuerdo, pues la cordura me llevaba a una realidad tan horrenda como difícil de asimilar. Podría decir que de alguna manera había encontrado mi felicidad. Pero esta tarde mi mundo ha vuelto a desmoronarse.

Periódicamente nos hacen una evaluación para diagnosticar el progreso de nuestra patología. Al psiquiatra de hoy no le recordaba de otras veces, y sin embargo me resultaba extrañamente familiar. Quiso ahondar en mis recuerdos, pero sé mantenerlos bien guardados. No dejo que nadie entre ahí. La puerta debe de estar bien cerrada para que no se escape ningún recuerdo. Pero este maldito doctor era más insistente que los anteriores. Me estaba haciendo sudar, y yo lo único que quería era escapar. Entonces, con un gesto que parecía tranquilizador posó sus manos sobre las mías y me dijo:

—Tranquilo. Estate tranquilo ¿Es que acaso no me recuerdas?

Y entonces sonrió, y vi su colmillo de oro y sus ojos de gato. Quise apartar mis manos, pero las suyas las sujetaron fuertemente contra la mesa.

—¿Creías que por estar aquí no te encontraría? Nadie puede escapar de mí.

—¿Vas a llevarme contigo?

—Si, pero no hoy. Volveré a por ti dentro de muchos años.

—Llévame contigo. Libérame de una vez —grité desesperado.

Una enfermera rechoncha, con permanente de hace tres décadas entró jeringuilla en mano, pero el doctor la detuvo.

—Alto. Este paciente no necesita eso. Debe saber que esto no ha sido un sueño. Tiene que decidir si quiere seguir siendo un loco o un hombre cuerdo —dijo con una sonrisa antes de irse.

Por más que intentemos negarlo o en el mejor de los casos no pensar en ello, nadie escapa de la muerte. No se trata de cuándo o cómo moriremos, sino de cómo vivimos hasta que eso sucede. Yo ya lo he decidido. Mi alma está desgarrada como el vientre de un becerro ante las fauces de una manada de lobos. En cuanto termine de escribir estas líneas, golpearé mi cabeza contra la pared, y o viene el sepulturero a buscarme de una maldita vez o en un rato estaré con la cabeza abierta, vistiendo una elegante camisa blanca.

 

Todos los textos que aparecen en esta web son propiedad de ©Javier Rumegó.

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By Javier Rumego

El callejón de las sombras

No sé cómo ni cuando la perdí, pero hace mucho tiempo que vivo sin ella, tanto que no recuerdo el tipo de hombre que era antes de extraviarla. Quizá fue el verano que viajé por Europa o un par de otoños después cuando se cruzó en mi vida aquella anciana de manos como ramas secas o tal vez fue todo o quizá nada. No sé, sea como sea, trato de sobrevivir sin ella, y tal y como está el mundo, quién sabe, quizá sea mejor así.

Pronto amanecerá. No ha dejado de llover en toda la noche. Siento el frío calando mis huesos. Echo la mano al bolsillo de la cazadora y recuerdo que he dejado de fumar. Por lo general lo llevo bien, pero en momentos como éste le vendería el alma al Diablo por un cigarrillo. La lluvia golpetea el suelo sin cesar. Me resguardo bajo la estrecha cornisa que hay en el callejón, pero eso no evita que mis desgastadas botas estén empapadas, igual que el bajo de los pantalones. Precariamente cobijado, y resguardado bajo las sombras de la noche espero silencioso la llegada de Roberto, igual que las otras veces, en el sitio acordado. Apenas sé nada de él, ni tan siquiera su apellido: simplemente Roberto o Rober como él insiste en que le llame.

He llegado antes de la hora y la espera se me hace eterna. Estoy  agotado. Agradecería un sitio donde poder recostarme. Qué bien me vendría ahora mi viejo coche. Apoyo la espalda contra la pared y siento su frío traspasar el abrigo de mi ropa. Acepto el peaje por liberar mis piernas del peso de mi alma. Ha sido una noche muy larga.

Tras un par de perritos y una ración generosa de patatas, me dirigí al local del moro para intentar conseguir información acerca del material robado a unos grandes almacenes hacía tan sólo un par de días. Como era de esperar no me recibieron con los brazos abiertos, mucho menos con una sonrisa. Mustafá es un tipo capaz de robarle el tacataca a una anciana: un mal bicho del que conviene guardarse las espaldas, el muy cabrón. Pero lo cierto es que yo no soy mejor que él, y a diferencia de la mayoría de personas con las que trata, me importa una mierda lo que pueda hacerme. Nada más verme, movió su despreciable cabeza en distintas direcciones y, como si estuviese provisto de un poder mágico, se levantaron inmediatamente todos aquellos que fueron rozados por su mirada: un total de cuatro conté, aunque en realidad fueron cinco. Aún me duele la mandíbula por el suspenso en matemáticas. Uno a uno los fui derribando: primero, y siguiendo una regla ineludible, noqueé sin piedad al más grande de todos, para a continuación ir deshaciéndome de un resto asustadizo, hasta quedarme con las pelotas del Mustafá bien estrujadas en mi mano. No necesité más que un par de apretones y amenazarlo de quedarme con su circuncisión en la mano para que me dijera todo lo que quería oír.

Hice una llamada y media hora después estaba en el lugar indicado. Parecía desierto, pero advertida por mi presencia, una sombra salió de entre la oscuridad. La silueta me esperaba bajo la luz de la farola. Le di la información y a cambio me entregó el sobre acordado. Concluido el negocio, cada uno se fue por su lado, y la sombra volvió a fundirse con la noche.

Con el dinero fresco en mi poder, dudé si poner a prueba mi suerte en el casino o hacer una visita a las chicas de Marisol. Finalmente decidí pasarme por la trastienda del señor Lee; ese chino cabrón sabe lo que se hace y es un tipo legal. Si la fortuna seguía de mi lado, más tarde me dejaría un buen dinero con dos o tres muchachas en casa de la fulana. No pude entrar en ninguna partida de póker, lo que me llevó inexorablemente a la mesa de la ruleta.

Llevaba dos whiskies y doscientos euros perdidos cuando el teléfono empezó a vibrar incómodo en el bolsillo. Rápidamente identifiqué el número y contesté. La señora de Fonseca me avisaba de que su marido había salido de casa con la excusa de una emergencia en el trabajo. Según parece, esas urgencias se sucedían con relativa frecuencia, lo que llevó a esta buena mujer a contratar mis servicios. Apuré la copa y salí del casino. Apenas un par de semanas antes instalé un localizador en el vehículo del sospechoso. Saqué el móvil y rogué porque hubiese cogido su coche y no el de su esposa. Hubo suerte: el puntito rojo se desplazaba nítidamente por la pantalla de mi teléfono. Sin duda, la diosa Fortuna estaba de mi parte; de haberme ido al burdel me habría sido imposible pasarme por el hostal a por la réflex. Cogí un taxi y le fui indicando hacia donde quería ir hasta que llegué a mi destino. Estaba a tan sólo un par de calles de mi objetivo, y desde luego no estábamos cerca de sus oficinas. La calle se encontraba desierta, por lo que me resultó fácil distinguir dos figuras de pie en mitad de la noche. Oculto entre los coches cubrí la cámara con un plástico, activé los infrarrojos y aumenté el zoom para acercarme a donde la vista no me alcanzaba. «Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Resulta que nos ha salido trucha, el muy cabrón». Estaban hablando, seguramente negociando, cuando el chapero tomó la mano del marido y la acercó hasta su paquete. Como un acto reflejo mi dedo presionó el botón de disparo. Allí mismo empezaron a morrearse, juntando sus cuerpos como dos serpientes en celo. Distraídos por la efusividad de su lascivia fueron sorprendidos por un tercero, un merodeador de la noche, un ratero del tres al cuarto. El filo de una navaja destelló en la oscuridad. El puto se sobresalto y empezó a hacer aspavientos como una maricona histérica. El ladrón le reprendió para que se callara. En ese mismo instante el marido infiel lo golpeó con el mango del paraguas y la violencia de mil demonios. El pobre desgraciado cayó al suelo de bruces, donde fue rematado por una docena de patadas. El chapero cubría su boca con las manos, contemplando como la sangre del ratero se diluía en el agua. Si no estaba muerto, terminaría ahogándose. El empresario sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y cubriendo sus manos con él agarró del cuello al maricón. Presionándolo contra la pared le dijo algo al oído hasta que su presa asintió tímidamente. Sin más, le sacó la verga y allí mismo empezó a mamársela. Mi dedo entró en estado de tic. Al poco se incorporó y golpeó al chapero con la misma violencia que lo hiciera antes con el ratero. Los dos cuerpos, probablemente amigos, seguramente compinches, yacían juntos en el suelo. El violento sacó su teléfono e hizo una llamada, quizá a su abogado o tal vez a otro fulano que terminara por satisfacer sus necesidades carnales. Fuera como fuese, no me iba  quedar allí para comprobarlo. Ya tenía lo que había ido a buscar y con un poco de suerte lo cobraría esa misma noche. El marido de mi cliente, desapareció de la escena como un fantasma. Podía haber ido a auxiliar a los desgraciados, pero aquella no era mi guerra. Cada uno sabe donde se mente y debe asumir las consecuencias de lo que hace. Si ya estaban muertos nada podía hacer por ellos, como mucho dejar una colección de huellas en sus cadáveres  o algún rastro que llevase a la policía hasta mi guarida. Ni hablar. Bastante tensas estaban ya las cosas con los maderos. El teniente Hernández me tiene entre ceja y ceja desde hace tiempo y no iba arriesgarme por dos miserables como esos. En fin, que cada perro lama su pijo. Llamé a mi cliente para confirmarle que tenía el material. Me dijo que su marido acababa de llamarla avisándole de que se había complicado muchísimo el trabajo y que seguramente no iría en toda la noche. Quedamos que en una hora le llevaría las fotografías. Otro taxi me llevó nuevamente al hostal, donde hice una copia de las instantáneas.

Alguien entra en el callejón. Por la manera de andar, inmediatamente percibo que no es Roberto. Tan sólo se trata de un adolescente perdido y borracho, suficiente para darme un buen susto. No pasan más de cinco minutos de la hora acordada, pero este tío tiene una puntualidad británica. Nunca antes se había retrasado. Me pregunto, impaciente, qué le habrá sucedido.

Ya en mi habitación separé cuidadosamente las imágenes sexuales de las de las agresiones, y grabé un cd que me cuidé en dejar limpio de huellas. Las otras imágenes quedarían a buen recaudo en una carpeta oculta dentro de mi portátil. Algún insensato habría intentado sacar partida de un material como este, pero yo no soy tan estúpido. Si algo he aprendido en la vida es que a los ricos y a los poderosos es mejor dejarlos tranquilos. El señor Fonseca es un tipo de muchos recursos y buenos amigos, que además se gasta unas malas pulgas de mil cojones. Yo nunca fui el más listo del colegio, pero al menos me da para ser consciente de mis limitaciones; y eso en el mundo en el que vivo es mucho. Extorsionar a hombres como éste es arriesgarse a acabar en el fondo del río con zapatos de cemento, un tiro en la frente o con la cabeza abierta de un paraguazo.

Si se sorprendió no mostró signo alguno en su rostro que la delatara. La señora de Fonseca observó detenidamente las fotos. Sacó el disco del ordenador y me entregó el sobre con la recompensa.

−Aquí tiene su dinero. Ha hecho un buen trabajo, detective.

−En realidad no soy detective.

−¿Qué es entonces?

−Alguien que hace encargos, señora.

Debió de gustarle la respuesta porque sonrió.

−Es una lástima, incluso pensé que se llamaría Flanagan.

−La gente me llama Curro.

Pausa.

−Me gustaría hacerle otro encargo −dijo entonces−. Me casé con mi marido siendo muy joven, y bueno eran otros tiempos. El caso es que es el único hombre con el que he estado y ahora resulta que es −duda− homosexual. Me gustaría saber qué se siente al ser penetrada por un macho de verdad.

Permanecí en silencio.

−Le pagaré. Le pagaré bien.

A pesar de superar de largo los cincuenta, la muy hija de puta tenía el culo y las piernas más duras que muchas fulanas de veinte; qué razón tenía el bizco cuando aseguraba que no había nada como las posaderas de una ricachona que se pasaba todo el día metida en el gimnasio. La puse a cuatro patas contra la mesa del salón y la folle salvajemente: la tiré del pelo, la insulté, azoté sus nalgas, mordí su espalda y rugí como un león mientras ella relinchaba como una yegua. Debió de quedar complacida, pues además del dinero acordado me dio una generosa propina; en total mil quinientos euros por un polvo que estaría encantado de repetir. No quise entretenerme más de la cuenta, no fuera a ser que el marido nos sorprendiera presentándose antes de lo previsto. Me acompañó hasta la puerta y me despidió con un beso en los labios, una sonrisa y un hasta pronto.

El cielo está clareando. El día va ganándole terreno a la noche, y en pocos minutos suyo será el cielo. Unos zapatos resuenan precipitados en la calle. Instintivamente me pego a la pared tratando de ocultarme. Por fin aparece Roberto. Me relajó. Veo como su cara bonachona y regordeta se decora con una sonrisa.

−Perdona el retraso. La niña se ha puesto mala esta noche y me he esperado para darle la medicina. Vamos a tener que darnos prisa, ya hay gente esperando en la entrada.

Abre la discreta puerta de atrás y entramos en el local. Rápidamente me pongo a preparar café mientras Roberto se hace cargo del resto. En breve llegarán las monjas con comida caliente y algún dulce. Se nota que estamos coordinados: Rober lleva años haciendo esto y yo siempre he sido bastante espabilado. En cuanto lleguen las hermanas abriremos las puertas del comedor.

Sirvo sopa caliente. Cada plato que doy me lo pagan con una sonrisa: una niña pequeña, un hombre de unos cuarenta años con traje y corbata, una anciana…, en todos ellos veo el rostro de Sara mirándome orgullosa. Dios, cómo la echo menos.

 

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Danzarina

Culebras de seda rosa se enroscan alrededor del fino tobillo enmallado, ajenas al bullicio de los pasillos: pies de pluma que golpetean el suelo como mazas, gritos, estrés, inseguridad, miedos, también esperanza. Toda una vida de dedicación y esfuerzo no ayuda a mitigar el ardiente dolor   Read more

By Javier Rumego

¡Aviso importante! Se recomienda leer este artículo antes de entrar En el Laberinto.

En el laberinto hay poca luz. Es un lugar oscuro, frío e ingrato. No hace falta un gran drama para entrar en él. Ese es su mayor peligro. Cualquier motivo, cualquier momento puede hacernos traspasar sus fronteras. Nadie está a salvo. Eso es lo que lo hace más real, más temible.

 

En el Laberinto no es una novela infantil. El lenguaje es directo, sin anestesia, a veces soez. Las escenas de sexo, los coqueteos con las drogas, el abuso con el alcohol, la aparición de Satanás (al que cada vez le cuesta más asustar a los niños), y la desesperada situación en la que se encuentra el personaje hacen que no sea una novela para menores, ni para gente asustadiza.

 

En el Laberinto es una novela intensa, dura y llena de emociones. Está escrita desde las entrañas. Cada tecla del ordenador se me ha marcado a fuego en las yemas de los dedos. Pero sobre todo hay que tener mucho cuidado: te puede hacer pensar, y quizá y sólo quizá te sientas terriblemente identificado con el personaje. Al fin y al cabo, ¿a quién no le han ido alguna vez las cosas de manera muy distinta a cómo las había planificado? ¿Quién no se ha visto en más de una ocasión obligado a abandonar sus sueños por entrar en la corriente de la vida, de la sociedad, de lo estipulado?

 

Vivir al margen de la ley no es fácil.

Para ello se necesita un talento innato y mucha tozudez, o quizá solamente una buena colección de palos.

 

Antes de nada me gustaría pedir disculpas a los lectores por no tenerlos en cuenta durante el proceso de creación de la novela. Cuando escribo saco de dentro todo aquello que me quema, lo meto en una coctelera y lo agito hasta convertirlo en literatura. De hecho, mientras escribía ni tan siquiera tenía claro que fuera a publicarlo. Pero de haber sido así, nada habría cambiado.

 

El público lector suele fijar sus gustos en diferentes géneros: romántico, ciencia ficción, terror, misterio, policiaco, novela negra, realismo, novela histórica, de fantasía, etc. En el Laberinto no es nada de eso, y quizá lo sea todo. Es una novela difícil de encasillar. La mayor parte del tiempo estoy enmarcado dentro del realismo contemporáneo, muy próximo al realismo sucio, y otras me evado en la fantasía utilizando momentos oníricos, convirtiendo la novela en una apuesta arriesgada; un salto sin red.

 

“Es una obra distinta, con realidad que supera a la ficción y ficción dentro de la realidad”.

 

Si eres uno de esos lectores a los que sólo les gusta un estilo literario definido, y no estás dispuesto a verte sorprendido ni a salir de tu línea de confort es muy probable que esta novela descuadre tus neuronas. Hay lectores a los que sólo les gustan las historias de amor, a otras las de terror y a otros las novelas históricas. Nada que objetar; para gustos se inventaron los colores. Cuestión de mercado, ley de la oferta y la demanda.

 

Hay escritores que escriben por y para su público. En realidad no es nada nuevo, pero el excitante momento editorial en el que vivimos invita más que nunca a ello. La creatividad no se limita a las páginas sino que también está fuera de ellas. Todos buscamos vivir de esto. Somos muchos los que queremos comer de las letras, y pocos los garbanzos dentro del puchero.

 

En mi caso voy tirando con otros trabajos. La hipoteca y los gastos se van pagando. Me gustaría vivir solamente de la escritura, pero la literatura es demasiado importante para mí como para traicionarla por un sueño. Mi objetivo no es vender miles de libros. Lo mío es algo mucho más ambicioso, y yo, al igual que mi personaje, dudo de si tengo talento suficiente para conseguirlo.

 

Me veo en la obligación de avisarte de que la novela empieza fuerte. Entrar En el laberinto puede resultarte agobiante; normal, ¿qué esperabas? Hay gente que me lo ha dicho. Que el primer capítulo es especialmente inquietante, que es difícil de entender, que no saben lo que se les viene encima. Muchos han releído ese primer capítulo una vez concluido el libro, y todos coinciden en que ahí sí lo han comprendido con sorprendente claridad, como una revelación celestial.

 

Así pues no te dejes impresionar. No te asustes si te sientes zarandeado en algún momento de la lectura. El libro es en general bastante ágil de leer. Pero eso sí, como dice una lectora que dejó su valoración en Amazon, y a la que le estoy realmente agradecido: “necesitarás de todos tus sentidos para acometer esta lectura y entender todos sus silencios y todos los mensajes ocultos que esconde”.

 

 

¿Tienes dudas de entrar En el laberinto?

Llegados a este punto, es probable que tengas dudas de si entrar En el Laberinto o si salir corriendo. Déjame que te diga que hay cosas de las que no se pueden huir. Es muy posible que lleves tiempo dentro del laberinto y que ni tan siquiera te hayas dando cuenta. Sé que hay gente que se ha sentido identificado con el personaje hasta tal punto que han tenido que dejar la lectura, tomar aire, mirarse el ombligo y luego seguir. Es posible que pienses que el personaje está encerrado, perdido, ahogado; solo. Según vayas avanzando quizá te des cuenta de que le acompaña mucha gente, tal vez incluso tú mismo, y él sólo sea tu guía. No te preocupes por nada y disfruta.

 

Sea como sea, déjame que te facilite las cosas. En mi web puedes encontrar COMPLETAMENTE GRATIS los tres primeros capítulos de En el Laberinto. Como te decía es totalmente GRATIS. No necesitas darte de alta en ningún lado, ni dejar ningún e-mail. Si estás interesado, simplemente tienes que hacer click aquí. Te recomiendo que te leas los tres capítulos y que después decidas si quieres continuar. No tienes nada que perder, sólo tu tiempo, y sí, lamentablemente eso no te lo puedo devolver.

 

Como te decía al principio, en el laberinto hay poca luz. Es un lugar oscuro, frío e ingrato. Su lectura te pondrá los pelos de punta y las orejas tiesas. Desde luego no te dejará indiferente.

 

No te engañes, no se trata de si estás dispuesto o no a entrar En el Laberinto. Todos estamos dentro de él de una manera u otra. La pregunta realmente importante es saber ¿qué estás dispuesto a ofrecer para salir de él?

 

 

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By Javier Rumego

Construyendo una armadura para la desesperanza

Es posible que tú, al igual que yo, estés empezando tu carrera como escritor. Seguramente estés intentando abrirte paso en este bosque de lobos. O no. Quizá te dediques a cosas muy distintas. En realidad da un poco igual; este artículo sirve tanto para unos como para otros. La desesperanza no hace distinciones. Al fin y al cabo, ¿quién no ha sentido alguna vez la tentación de tirar la toalla?

 

La desesperanza tiene muchos rostros. Amor, sueños, trabajo, dinero…, cualquier cosa puede llevarnos hasta ella en el momento más insospechado. No es necesario un gran drama. Las expectativas no cumplidas, los sueños rotos y los miedos suelen ser los alimentos más comunes de la fiera. Si no tenemos cuidado acabaremos formando un irreconocible amasijo de carne, huesos y sangre entre las fauces de la bestia.

 

Quizá te sientas enamorado de una persona que no te corresponde; o tal vez tu matrimonió se derrite como un helado en verano; o a lo mejor no consigues el ascenso en el trabajo que tanto deseas, qué coño, igual no consigues trabajo; es posible que no llegues a final de mes; ni hablar de la salud, ni de esas cosas putas que tiene la vida. La desesperanza es una leona agazapada en la hierba de la sabana y, sí, nosotros somos el antílope.

 

Evitar la desesperanza a golpe de martillo

Para evitar ser devorados conviene coger el martillo y apartar a Hefesto de su fragua, a martillazos si hace falta, y forjarnos una armadura que nos proteja de tan peligroso monstruo.

 

La mayoría de los comienzos no son fáciles, a no ser que dispongas de buenos contactos o hayas sido tocado por la varita de la diosa fortuna. Para el resto de los mortales la tierra está llena de piedras y malas hierbas que tendremos que quitar con nuestras propias manos hasta hacerlas sangrar. Quizás encuentres gente que te ayude a desbrozar la tierra, pero por cada roca que te quiten, habrá alguien que tire tres más.

 

Para hacer andar nuestro proyecto lo primero que necesitamos es hacerlo visible. Tenemos que decirle al mundo que hemos llegado. Necesitamos conseguir a toda costa que la pequeña bola de nieve crezca más allá de nuestro círculo de familiares y amigos. No es fácil. Es verano, el asfalto arde y nuestra pequeña bolita de nieve se está derritiendo. El miedo y la impaciencia despiertan a la bestia, que ya ha fijado la mirada en nuestros cuartos traseros. Aún tenemos fuerzas en las piernas para soportar sobre nuestros hombros el peso del desánimo, como si fuésemos Atlas sosteniendo el mundo.

 

Con el aliento de la desesperanza sobre nuestra nuca bombardeamos con publicaciones en Facebook, Twitter, LinkedIn, incluso en un acto de gallardía nos aventuramos en la espesura inexplorada de GooglePlus. Muchos amigos responden ofreciéndonos ayuda, compartiendo y haciendo visible nuestro esfuerzo; la familia por descontado; incluso nos sorprenderá el ahínco de conocidos lejanos, casi tanto como la desidia de gente que pensábamos que iría a la guerra por nosotros. Dentro de nuestra desesperación, el muro de Facebook de algunos amigos está lleno de fotos de gatitos, de bebés que bailan o de los chistes del Cabronazi.

 

Cuando las cosas no salen como queremos es muy fácil arremeter contra todo lo que nos rodea. El cepo está puesto y es muy habitual pillarnos el hocico dándole más valor a las cosas que corren en nuestra contra que a las que están a nuestro favor. Ten una cosa muy clara, si nuestro proyecto no prospera no será por culpa de un amigo que no nos compartió en Facebook.

¡No te enfades con él!

 

En la actualidad estamos expuestos a un exceso de información como nunca antes. Nos bombardean desde todos los flancos: televisión, radio, prensa, redes sociales… Por lo general quieren vendernos algo. Nuestro cerebro se defiende como puede, ignorando la inmensa mayoría de los ataques. Por muy extraño que te pueda parecer, hay gente a la que le preocupa mucho más las tendencias en moda para el próximo otoño, los playoff de ascenso a segunda división, o la reproducción de los monos de nariz chata que lo que tú o yo queramos venderles. Acéptalo.

 

Yo, al igual que mi personaje de En el Laberinto, me encuentro al borde del abismo. La desesperanza lo cubre todo. Cometí el error de escribir una novela sin pretensión de publicarla. Todo mi esfuerzo lo invertí en cada una de sus páginas, párrafos, líneas, palabras y sílabas. La mimé como a una hija consentida. La quería tanto que no deseaba compartirla con nadie, pero ella no estaba de acuerdo. Confabuló a mis espaldas para organizar en silencio una sublevación. No tuve más remedio que claudicar.

 

Inmediatamente me di cuenta de lo poco que importa el contenido de la novela si nadie sabe que existes. Es como tener una hija inteligente y guapa, con años de entrenamiento en todo tipo de danza, a la que no dejan asistir al gran baile porque su padre es un don nadie. Me siento mal por mí, pero sobre todo por ella.

 

Dentro de poco hará un mes de su publicación. En este tiempo no he llegado al centenar de ejemplares vendidos, y hace un par de días que ya no hay ninguna descarga, a pesar de haber rebajado el precio de la versión Kindle a un irrespetuoso precio de 0,99€; a nadie le importa, a nadie le interesa. Para no engañar a ningún lector exhibo a la criatura en mi blog: tres capítulos completamente gratis para todo aquel que quiera leerlos. Sin suscripciones, ni email. No lo puedo poner más fácil. Nada.

 

Por si fuera poco, acaba de comenzar el baile de los bailes: el concurso literario para escritores independientes de Amazon 2017. Escritores con cuchillos recién afilados entre los dientes; puños apretados; merienda de negros. Histerias y testosteronas alborotadas. Esto no es un concurso, es una puta competición por ver quién alcanza más ventas, para ser más visibles, para que Amazon se fije en ellos. Pelea de gallos con la que la multinacional aumentará sus ventas. También las de los animales que no terminen con el pico roto y el cuello deshilachado. Para evitar sospechas bastará con posar con traje y corbata junto a un par de gallos saneados. Mientras tanto, mi pequeña se queda encerrada en casa preguntándose por qué hostigó el motín.

 

Quizá pienses que mi hija no sea tan guapa como yo creo, que los padres vemos a los hijos más perfectos de lo que realmente son. Probablemente tengas razón, pero aún así a las feas también les gusta bailar. Y si no crees en mi palabra, y haces bien en no creerla, como te decía antes: aquí tienes tres capítulos completamente gratis donde poder hacer tu propia valoración.

 

Hace un mes que estoy intentado hacer “amigos” en las redes sociales, conectar con gente; decirles que existo. Es un terreno fangoso. Incluso el escritor más modesto tiene un matiz de orgullo del que conviene prevenirse. Soy consciente de que acabo de llegar; el último mono no cambia las reglas. Los blogs literarios tienen muchas reseñas que publicar. Volvemos a la misma variable de antes: no soy nadie, no saben que existo y mucho menos que he escrito un libro. Si a alguien que pase por aquí le pica la curiosidad y se anima a hacerme una reseña, no lo dudes: ponte en contacto conmigo.

 

Si estás en una situación como la mía, seguramente habrás escuchado en más de una ocasión que no se debe de escribir por dinero, ni por las ventas, ni para contentar al público. Que hay que escribir para uno mismo, para ser feliz y esas cosas. No digo que no sean razones honorables, pero si eso fuese realmente así, ¿me puedes decir por qué coño dedicamos tanto tiempo a ser visibles, a participar en grupos, a escribir un blog, a llevar una página web…, a leer éste y otros muchos artículos? Porque mientras escribimos sobre escritura, mientras tratamos de hacer que el mundo nos vea, no hacemos lo que es realmente importante: escribir.

 

¿Qué nos mueve realmente a los escritores?

No nos engañemos. Llegado el momento la gran mayoría caemos en la tentación de publicar. Una vez hecho eso queremos vender el mayor número de ejemplares, no sólo por conseguir un dinero que nos de independencia económica para seguir escribiendo, sino por la satisfacción de sabernos leídos, de pensar que somos buenos, y sobre todo que tenemos talento.

 

Como te decía anteriormente, no escribí En el Laberinto con la idea de publicarlo. Lo saqué de dentro porque me quemaba. Mientras unía renglones no pensaba en hacerme millonario. Siendo sincero, siempre sospeché que mi obra estaría más cerca del culto que del superventas; dicho así no sé qué suena más pretencioso. Dentro del Laberinto no encontrarás grandes pasiones de amores desatados, tampoco héroes, ni villanos y por supuesto no hay un archienemigo al que odiar. Si acaso, todo eso lo encontrarás en un personaje desgastado, ahogado en la desesperanza, sin armadura, al que le da igual todo.

 

Cuando pensamos que el libro debe ser editado todo cambia. Ya no hemos escrito sólo para nosotros. Necesitamos que nos den la oportunidad de ser leídos.

 

En mi novela En el Laberinto escribo:

 

 

Es muy fácil abandonar los sueños; la mayoría termina haciéndolo. La rodilla se siente atraída hacia el suelo con toda la fuerza de la gravedad. Así pues, como dice Madonna:

“Ha llegado el momento de decidir si nos rendimos o nos hacemos más fuertes”.

 

A lo largo de mi vida he soportado golpes de todos los colores. Alguno me han hecho doblar, otros me han tirado al suelo. Mi respuesta ha sido siempre la misma:

 

 

 

Encendiendo la fragua

A ciertas edades los golpes duelen menos, pero los huesos tardan más en sanar. Es el momento de viajar a la isla de Lemnos y hacerle una visita al viejo cojo para que nos ingenie una armadura mágica con la que enfrentarnos al monstruo. Y si se niega, habremos de apartarle, coger el martillo, encender el fuego y golpear y golpear hasta forjar nuestra coraza de sudor y esperanza.

 

Los proyectos necesitan de la ilusión como los seres vivos del oxígeno. Pero ten en cuenta que el exceso de oxígeno puede matarnos. Con la ilusión sucede exactamente lo mismo. Si nos excedemos en nuestras expectativas, difícilmente podremos cumplirlas, al menos al comienzo.

 

De este modo las dos primeras piedras que engarzaremos en nuestra armadura, serán la ilusión y la paciencia.

 

La siguiente es probablemente la más importante de todas, porque es la que nos dará alimento en el desierto. Debemos prestar atención a los pequeños detalles. Apreciar la ayuda que se nos ofrece y no tener en cuenta a los que no están dispuestos a acompañarnos en este apasionante viaje. Debemos buscar siempre el lado bueno de las cosas, y no al contrario.

 

En mi caso, el mejor antídoto contra la desesperanza son las opiniones de mis lectores. Me agarro a lo que dicen los que ya ha leído mi novela En el laberinto. En Amazon, en este momento son ya 13 las reseñas que he recibido; todas ellas con cinco estrellas, que dicen cosas como ésta:

 

O ésta:

 

 

O ésta otra:

 

 

No os hacéis una idea de cómo nos alimentan estas pequeñas cosas.

 

Luego están los amigos, los que vienen con el libro en la mano para que se lo firme y me dicen:

 

«Cabrón, cómo escribes»

 

Cuando me preguntan desde cuándo escribo, y cómo me dio por ahí. Yo sonrío, y callo. Explicarles la cantidad de horas de estudio y práctica sería como revelar el truco y matar  la magia.

 

La siguiente piedra para luchar contra la desesperanza es el agradecimiento. Permíteme de este modo que agradezca a todas las personas que me apoyan, a mis incondicionales, a quienes dedican un segundo de su tiempo en escucharme, en leerme, en difundir lo que hago. A ti por estar aquí leyendo este artículo. De verdad, gracias.

 

Yo por mi parte sigo dando martillazos, poniéndome la armadura, dispuesto a pelear; igual que siempre. Es cierto que es mucho tiempo, mucho trabajo, pero ¿qué otra cosa mejor podría hacer? Escribir no es una opción, quizás esté condenado.

 

Una vez aplaste al monstruo de la desesperanza, me enfrentaré a otro más temido, más voraz, más difícil de combatir: . Aquí ya no vale ningún tipo de armadura. Los artistas quedamos expuestos al público, a pecho descubierto, completamente desnudos.

 

 

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By Javier Rumego

¿Es posible mejorar tu visibilidad de escritor sin caer en la esclavitud?

¿Has publicado un libro recientemente y el número de ventas está muy por debajo de lo que esperabas? Puede haber distintas razones para que nadie quiera comprar tu novela: que sea rematadamente mala; que pertenezca a un género minoritario y poco comercial; que la portada sea realmente fea; quizá la causa se reduzca al pésimo gusto literario de todos los lectores del planeta; o al dichoso muñequito vudú con el que juega tu exnovia o tu archienemigo de la guardería. Pero por encima de estas razones hay una que predomina sobre todas las demás como el anillo de Sauron: tu visibilidad de escritor es tan insignificante que no te verían ni con el telescopio Hubble .

 

Si estás en esa tesitura en la que entras todos los días, al menos un par de veces, a comprobar las descargas que se están haciendo de tu novela, y éstas no se corresponden a tus expectativas, es fácil que caigas en el error de culpar a los demás, tanto como a ti mismo, incluso hasta poner en duda la calidad de tu trabajo. En mis dos artículos anteriores: Ser escritor independiente, y todo lo demás; y Me siento como el hombre invisible en medio del desierto, con un libro en la mano, señalo como motivo principal del poco éxito comercial a tu ausencia de visibilidad de escritor.

 

En realidad, el principio en sí es muy básico: si la gente no sabe que hemos publicado un libro, ¿cómo van a comprarlo?

 

Siguiendo este mismo razonamiento, podemos deducir que ganando visibilidad de escritor conseguiremos más ventas. El axioma es tan sencillo de entender como el anterior. ¿Entonces dónde está el problema?

 

Conseguir visibilidad de escritor no es tan fácil. Partimos desde un punto en el que no somos nadie. Estamos solos. Pero como nosotros hay miles de personas que quieren que se les vea. Somos muchos los que gritamos al vacío con la esperanza de que alguien nos escuche. Y como nadie nos oye, hablamos más alto, hasta parecernos a un programa de debates de los muchos que hay en televisión, en los que al final no se entiende nada. Quizá la mejor manera de destacar entre tanto griterío es permanecer en silencio.

 

Si a ti te pasa como a mí, que no eres nadie en este sector, nadie va a prestarte atención. Es posible que tu novela sea la mejor obra literaria en lo que va de siglo, pero a nadie le interesa.

 

¿Cómo que a nadie le interesa?¿Si me acabas de decir que mi novela es la mejor del siglo XXI, las editoriales deberían de partirse la cara por ella?

 

Eeh, no. Esto no va así. Las editoriales son empresas, y como tales buscan generar beneficios. Incluso aquellas editoriales que se diferencian por exigir una mayor calidad a sus publicaciones no están dispuestas a perder dinero. Por eso es muy difícil que apuesten por un completo desconocido.

 

Quizá tu novela sea buena, nadie lo discute. Pero ¿cuántos ejemplares vas a ser capaz de vender más allá de tus familiares y amigos? Poner en marcha la maquinaria editorial cuesta muchos miles de euros. Si además hay que invertir en hacerte visible, la suma aumenta significativamente. Una editorial tiene que tener muy claro que van a recuperar su dinero contigo, y eso es muy difícil si no tienes visibilidad de escritor. Que una obra sea buena o mala no es importante. El arte, la literatura, todo eso está en un segundo plano. Lo que premia es que genere dinero, como por ejemplo la biografía de Belén Estaban.

 

Así pues, si no presentas telediarios o sales en la televisión, si no eres un actor o un futbolista contando anécdotas, si no eres una cantante famosa que quiere airear sus memorias, y por supuesto si no eres un contrastado escritor, me veo en la obligación de decirte que está más solo que el abuelo de Heidi.

 

Enrique Bunbury en una de sus canciones dice que “más vale suerte que talento”. Totalmente de acuerdo. Pero permíteme que haga una pequeña variación para resumir todo lo dicho anteriormente en “más vale fama que talento”.

 

Llevo poco tiempo en esto de hacerme una visibilidad de escritor. De hecho, si has llegado hasta aquí, me gustaría saber ¿cómo diantres me has encontrado? Lo primero de lo que me percaté cuando me puse a promocionar mi novela fue de la enorme cantidad de banners publicitarios que corren como animales salvajes por Facebook y Twitter , cada uno intentando vender su libro. La gente llega, “grita” su publicidad en el muro y se va. Esos muros parecen un diálogo a la española. Son como palomas que se posan sobre una rama, dejan su regalo y salen volando. Incluso hay empresas que se dedican a vomitar nuestra publicidad aprovechando su considerable número de seguidores. Empresas que intentan diferenciarse de otras, todas ellas parecidas, tratando de ser escuchadas (¿te suena de algo?).

 

Hacer que la bola de nieve de la visibilidad de escritor crezca más allá de nuestras amistades es realmente difícil. Como me comentaba la gente de Sinjania en mi artículo anterior, no sólo se trata de trabajo y ganas, sino que hay que ser muy inteligentes a la hora de crear una estrategia a seguir.

 

Para ser un buen estratega hay que dominar mucha información y tener un amplio conocimiento del entorno. Lo normal será que al principio perdamos algunas batallas, por lo que nos tocará cosernos las heridas. No te preocupes, nada es tan didáctico como la derrota.

 

El trabajo bien hecho junto con el esfuerzo siempre dan sus frutos.

Lo que he podido comprobar en este par de semanas es que el trabajo, aunque muy despacio, da sus frutos. En Twitter he pasado de 46 seguidores a 73 en el preciso instante en el que escribo estas líneas (Editado Un año después de haber editado este artículo son ya casi 2000 seguidores en Twitter). Ya sé que no es mucho, en realidad es muy poco, pero es un incremento de aproximadamente el 40% en sólo dos semanas. Si quieres contribuir a que siga aumentando este número, no dudes en seguirme . La página de Facebook de En el Laberinto, apenas tiene 62 seguidores, pero he conseguido alcanzar a más de mil personas con el banner del lanzamiento de la novela. Eso quiere decir que me sigue poca gente, pero implicada.

 

También me he unido a varios grupos de Facebook para escritores y lectores, en los que no se permite bombardear con spam y se promueve el diálogo. La primera toma de contacto me resultó áspera. Demasiado tiempo a invertir, demasiados romances, demasiados vampiros. Sin embargo, ahora puedo decir que ésta ha sido una de las experiencias más gratas hasta el momento. Estoy conociendo gente a la que nos une la misma pasión y el mismo monstruo: la literatura. Me tomo estos grupos como un taller de escritura. Un lugar para aprender y observar. La gente se lo curra mucho para hacer visible su libro y dar forma a sus sueños.

 

Si has llegado hasta aquí, te estarás haciendo una idea de la cantidad de horas que vas a tener que invertir para conseguir aumentar tu visibilidad de escritor. Pues aún no hemos ni empezado. A las ingentes horas que hay que dedicarle a redes sociales como Facebook,  Twitter o Instagram hay que añadirle el tiempo que necesitarás para crear tu página web, con su respectivo blog, al que luego tendrás que mantener y actualizar el contenido periódicamente; participar en otros blogs del mismo ámbito donde poder escribir como invitado, a fin de ganar público; diseñar publicidades y organizar promociones; leer a otros autores esperando a que ellos hagan uso de las leyes de reciprocidad y nos lean a nosotros; y por supuesto escribir, ya que según parece con un único libro no es suficiente…; en definitiva, horas y más horas de trabajo agotador.

 

¿Y para qué?

Esta es una buena pregunta. Los hay que aseguran que si haces todo esto y te dejas los cuernos, a la larga dará resultados. También es cierto que muchos de los que dicen esto pretenden vender su libro del estilo: “Guía definitiva para tener éxito vendiendo sus libros en Amazon” o “10 reglas básicas para triunfar siendo escritor independiente”. Yo no puedo decirte si esto funciona o no. Te recuerdo que estoy empezando. Lo que sí puedo asegurarte es que a día de hoy no puedo esclavizarme para conseguirlo.

 

Hacer todo lo que se supone que se debe hacer para ganar visibilidad requiere un número de horas de las que no dispongo. En realidad requiere una jornada laboral de, mínimo, ocho horas. Esto me parece razonable para estudiantes, jubilados o desafortunados en paro, pero a un autónomo como yo no le queda tanto tiempo para las letras. Mientras no tenga un mecenas que me pague las facturas, tendré que seguir levantando pisos en 3D. Por suerte, y como dice Sabina: “aún me excita mi oficio”.

 

En conclusión, no soy de los que abandonan fácilmente pero tampoco me gusta dormir debajo de un puente. Mientras mis libros no generen el dinero suficiente para cubrir mis gastos, buscaré el tiempo debajo de las piedras para que la gente pueda verme, pero eso sí, sin caer en la esclavitud.

 

Y sí, lo sé, es una puta pescadilla que se muerde la cola, pero hay que comer.

 

Todos los textos que aparecen en esta web son propiedad de ©Javier Rumegó.

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By Javier Rumego

Me siento como el hombre invisible en medio del desierto, con un libro en la mano

Si te sucede como a mí, y estás empezando en el negocio de la literatura (que no en escribir), probablemente te sientas como yo: en el desierto, solo, con la cantimplora vacía y tu libro en la mano.

 

Hace años escribí una novela de esas que tanto gustan, de grandes pasiones y amores imposibles. La historia, según dicen, era preciosa. Pero lo cierto es que al texto le faltaba calidad. En vez de tomármelo como un fracaso lo vi como una oportunidad para aprender y mejorar. De aquella experiencia saqué mucha información del mercado editorial. Desgraciadamente por aquellos años la autopublicación mediante plataformas online o no existía o estaba gateando, por lo que no pude intuir el problema que se me avecinaba.

 

Entre talleres de escritura, cuentos, relatos, experimentos varios y alguna que otra magulladura era inevitable que una nueva historia irrumpiera en forma de novela. Lo hizo de manera violenta e inesperada. La historia me absorbió por completo. Ya sabéis: noches sin dormir; reuniones con amigos o con la familia absorto, intentando anotar mentalmente todo lo que pasaba por mi mente; plantones a la novia… Digamos que entré en ese estado de reclusión en el que entramos los escritores cuando una idea nos domina. Dejé apartados todos los demás proyectos que tenía empezados. Estábamos solos mi personaje y yo, torturándonos mutuamente.

 

Nada como darse cuenta de los errores

A día de hoy me doy cuenta de lo mal que lo hice. Podría alegar que fue por ignorancia, claro, pero eso no cambia las cosas. Hace apenas una semana que publiqué mi primera novela, En el Laberinto, y es ahora cuando tengo claro que nadie puede comprar mi libro si no sabe que existe.

 

Durante los últimos meses estoy haciendo un master acelerado sobre: la publicación de libros en Amazon; cómo crear una plataforma de autor; gestión de blogs; diseño y programación en WordPress y sobre todo, y lo más difícil, cómo aumentar mi visibilidad como escritor. En este punto es de total obligación agradecer, y al mismo tiempo recomendar a los que están perdidos como yo, a aquellos que me han ofrecido un poco de sombra donde protegerme del sol abrasador del desierto.

 

Agradecimientos

Publicando eBooks y Ebook Hermanos ofrecen muchísima información de lo que hay que hacer para publicar tu primer libro digital, así como una gran variedad de artículos para tener éxito una vez publicado. Para entender cómo funciona este mundo literario y los pasos a seguir, y a evitar, para crear una buena plataforma de autor son de gran utilidad, y muy recomendables, los artículos de Mariana Eguaras, así como las webs oficio de escritor, marketing online para escritores o Sinjania (todas ellas maravillosas y con muchísima información). Tampoco hay que olvidarse del blog del escritor Javier Pellicer con sus entrevistas y sus artículos claros y bien redactados, así como del blog de Gabriela literaria con sus artículos extensos y llenos de información.

 

También me ha sido de mucha utilidad observar el trabajo que hacen otros escritores con más tiempo en esto y que dominan perfectamente los medios como son por ejemplo los casos de Lluvia Beltrán, Fran Zabaleta o Fernando Gamboa; un claro ejemplo de escritor que publica en Amazon y que ha tenido un gran éxito.

 

La creación del blog está siendo una tortura. He trabajado durante muchos años como ilustrador y diseñador gráfico, pero nunca me ha gustado el diseño web. Demasiado código, demasiada programación, demasiados unos y ceros para alguien de letras al que le gustan los colores. Aquí quiero agradecer a Jose Antonio Carreño sus tutoriales tanto los escritos como los vídeos, también al artículo de cómo crear banners publicitarios de la web Hacia el autoempleo, y por su puesto a mi buen amigo de SinDesign, Rubén Fernández, por solucionarme todos los problemas técnicos y hacer de mi web un lugar seguro, configurar los correos, etcétera. Te debo una cena.

 

La ignorancia se paga con tu libro

Por no haber hecho caso antes a estas cosas, me encuentro con un libro que nadie sabe que existe. He perdido la preventa de Amazon y tengo disponibles una serie de promociones que a día de hoy no sirven para nada. Una lástima, porque creo que es un buen libro. Sí ya lo sé, todos pensamos que nuestros trabajos son buenos. De no ser así no los publicaríamos. Aunque en mi caso, sí que hay un par de novelas encerradas en el disco duro que deberían de otorgarme una mínima credibilidad. Pero si el libro es bueno o malo poco importa, al menos al principio. Lo importante es que se vea para que la gente lo lea y pueda valorarlo.

 

La conclusión que saco de estas últimas semanas de aprendizaje intenso es que no es sensato correr por el desierto con los pies descalzos. Así que habrá que caminar despacio, con mucha paciencia y paso firme. Al fin y al cabo, en ningún momento mientras escribía En el Laberinto pensé hacerlo para ganar dinero, ni para vender millones de ejemplares. Lo escribí honestamente, desde dentro, a fuego, como dice Bukowski. Lo escribí libre, como para ahora convertirme en esclavo. Pero esa es otra historia, quizá para el próximo artículo.

 

Quería terminar diciendo que hace unos días encontré un artículo en la web de Jaume Vicent Bernat, que daba ideas frescas para tu blog de escritor. Le comenté cómo me sentía: ya saben, en el desierto. Él me contestó que es así al principio (sospecho que para muchos también al final), que hay que cavar para hacer un pozo, sacar agua, plantar palmeras…, en definitiva romperte las manos a trabajar.

 

 

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By Javier Rumego

Ser escritor independiente, y todo lo demás

No descubro nada nuevo al decir que ser escritor es un ejercicio difícil, a veces agotador, y casi siempre solitario (mucho más si eres escritor independiente). Si además pretendemos vivir de ello, el panorama puede ser desolador.

 

Pongamos que has acabado tu novela, y supongamos que, por azares inexplicables de la vida, es buena; muy buena. La siguiente pregunta es inevitable: ¿Ahora qué hago?

 

Si no has publicado nada antes y no tienes un contacto que te facilite las cosas, conseguir que una editorial fije su atención en ti es prácticamente imposible. Antes de abrir esta vía conviene mentalizarse para aceptar el rechazo y el silencio. No debes tomárnoslo como algo personal. Lo más normal es que ni tan siquiera te hayan leído. Por extraño que parezca, en un país que a ratos parece estar habitado en su mayoría por una manada de gilipollas, se ve que somos muchos los que dedicamos tiempo a sentarnos delante del ordenador con el fin de contar una historia. El resultado no podía ser otro: las editoriales y los agentes literarios están saturados. Somos tantos los que queremos entrar en este mundo que hemos colapsado las puertas. Luego está la crisis, esa que no termina de irse y que ha hecho que los editores sean mucho más escrupulosos a la hora de invertir su dinero.

 

¿Entonces tienes que descartar esta vía?

No, rotundamente. Si algo tenemos en común los escritores que conozco es que somos tercos como bueyes hambrientos. Tú no vas a ser menos. No pierdes nada por intentarlo. Puedes presentar tu obra a concursos o buscar un agente literario que apueste por ti. En la web de escritores.org explican muy bien todo esto.

 

Si no recibes respuesta por parte de las vías tradicionales, no te desesperes. Como te decía antes es muy posible que ni te hayan leído. Así que no te vengas a bajo y pienses que tu trabajo es una mierda. Que un libro sea bueno o malo no tiene nada que ver en esto. Pero, ojo, esto tampoco debe servirte como excusa. Jamás pierdas una visión crítica de tu obra. Si es tu primera novela, es muy posible que haya cosas que mejorar.

 

El momento en el que decides ser escritor independiente

Si la opción de las editoriales sigue ofreciendo tan sólo silencio, es el momento de plantearse otras opciones. Dentro del mundo de la autoedición hay diferentes opciones que deberías conocer. Es muy importante que te informes adecuadamente antes de decidirte, porque a veces puede ser un terreno pantanoso. Sobre todo es importante que sepas detectar a las supuestas editoriales que no son más que imprentas camufladas y algún que otro desalmado al que tu trabajo le importa una mierda, y lo que realmente le interesa es tu dinero. Puedes empezar por leer estos artículos, te serán de gran ayuda. En el blog de Ana Katzen y este artículo de José Manuel Aparicio explican todo esto realmente bien.

 

De entre las muchas posibilidades y plataformas que pude encontrar para publicar mi novela, decidí hacerlo en exclusividad con Amazon. Explicar los motivos me llevaría demasiado tiempo, y haría que la extensión del artículo excediera de toda lógica. Lo que sí puedo decir es que tras leer multitud de opiniones, creo que es la mejor opción (al menos para empezar).

 

Lo que implica ser un escritor independiente

Ser escritor independiente conlleva muchas cosas que debes saber. En este punto es donde dejas de ser un mero escritor para convertirte también en editor, corrector, distribuidor, ilustrador, diseñador, promotor, publicista y programador. Demasiadas cosas para una sola persona. Y probablemente alguna de ellas no se te dará bien. Esto podría hacer peligrar la calidad final de la obra. Si quieres tener recorrido en este mundo literario hay algo que debes grabarte a fuego. Tienes que cuidar hasta el más mínimo detalle. De nada te servirá tener un gran novela entre manos si la presentas de manera cutre. Nadie en su  sano juicio va a una entrevista de trabajo con la camiseta rota y llena de manchas. Esto es lo mismo.

 

Si no sabes hacer algo o no eres capaz de conseguir un acabo redondo debes pedir ayuda. Es posible que algún amigo pueda echarte una mano, pero si no tendrás que contratar profesionales. Editar un libro y querer vivir de la literatura conlleva un gasto. Otra cosa es que hayas escrito un libro por diversión y quieras editarlo para fardar o por cumplir ese objetivo. Pero si de verdad quieres vivir de esto no puedes permitirte errores. Para que tu libro tenga un resultado profesional tendrás que contratar, como poco, correctores y diseñadores.

 

En mi caso, por ejemplo, toda la maquetación y todo el acabado gráfico de mis novelas lo hago yo. Pero porque he trabajado durante más de 20 años  en ese campo. Es necesario que entiendas que mi novela En el laberinto ha pasado varias correcciones de estilo y ortotipográficas por parte de profesionales, a parte de las mías propias. Todo esto cuesta un dinero, pero es necesario si quieres vivir de la literatura. Los libros de los escritores que se publican por los medios tradicionales, pasan estas mismas revisiones. La diferencia en que en su caso esas revisiones las paga la editorial. En el caso de los escritores independientes nos toca costearlo nosotros mismos.

 

La hora de la verdad

Después de mucho trabajo, esfuerzo y horas delante del ordenador aprendiendo cosas que jamás habrías imaginado que aprenderías, conseguirás que tu novela se publicada por la vía que hayas elegido. Quizá sea en Amazon o cualquier otra plataforma online, o tal vez te hayas decidido por hacer una autopublicación conjunta. Como te decía antes hay muchas opciones.

 

Ese momento en el que tienes el primer ejemplar de tu libro en la mano es cuando te das cuenta de que tu libro es sólo uno más dentro de una jungla llena de depredadores. Tu novela tendrá que pelear desde ese instante con un ejercito de escritores conocidos y con una legión, no menos grande, de escritores independientes con más visibilidad como escritor que tú. Justo ahí es cuando eres plenamente consciente de que tienes el mismo problema que al principio; en este mundo de la letras no te conoce ni tu madre.

 

 

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