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By Javier Rumego

La locura del hombre cuerdo

Azorado me dispongo a escribir esta historia que muchos tomarán por falsa o simplemente los desvaríos de un pobre demente. Sin embargo, y a pesar del lugar en el que me hallo, no estoy loco. ¡Qué más quisiera! Juro por la poca consciencia que me queda, que todo lo que voy a relatar a continuación es absolutamente cierto.

Durante estos años he hecho todo lo posible por olvidar lo que sucedió aquella noche. Los medicamentos y el amplio surtido de drogas que me administran en el psiquiátrico han estado a punto de conseguirlo. Pero esta tarde todo ha regresado a mi memoria con horrenda claridad. No importa lo que haga por escapar; no existe lugar en el que poder esconderme. Estoy condenado.

Los hechos ocurrieron hace ya muchos años. Yo tan sólo era un joven adolescente con las orejas de soplillo y un rostro alargado cubierto de acné. Era finales de verano, y al igual que otros años había ido a pasar unos días a la casa que mi amigo Nacho tenía en la sierra de Madrid. Recuerdo el sol como la yema de un huevo crudo, clavándose en las montañas, escurriéndose entre ellas. La oscuridad gobernó el cielo. La noche nos sorprendió lejos de casa. El pueblo estaba en fiestas por lo que decidimos, o mejor dicho, decidieron que aún no era el momento de regresar. Otros años habíamos hecho una fogata donde contábamos historias de miedo, pero parece ser que nos habíamos hecho mayores y eso ya no era suficiente.

Permítanme que detenga por un instante la narración, a fin de explicarles de qué manera estaba constituido aquel grupo: Paco y Gustavo eran un par de años mayores que el resto, luego estaban Rodrigo, Andrés y su primo Julio, las dos chicas, Mónica y Yolanda; y como es de entender, mi amigo Nacho y yo.

No logro recordar cuál de todos ellos propuso saltar la tapia del cementerio, pero sí el escalofrío que sentí ante semejante idea. Me llamaron gallina y se burlaron de mí. Nacho me suplicó con la mirada que no le dejara en evidencia. Tan sólo Yolanda parecía pensar lo mismo que yo. No nos hicieron caso y corrieron como endemoniados al camposanto. Acampamos junto a una pareja de mausoleos. Dicen que ante la muerte todos somos iguales, pero las tumbas recuerdan las diferencias de quiénes fuimos en vida. Los recuerdo reír con fuerza, ahora pienso que era la manera que tenían de disimular sus propios miedos. Yo, por mi parte, estaba aterrado. Gustavo sacó de su mochila un par de botellas: whisky y ginebra, que rápidamente se cubrieron de manos.

La noche se estaba convirtiendo en un infierno para mí. Odiaba la bebida. La odié desde bien pequeño, cuando mi padre llegaba a casa borracho y el peso de su mano caía sobre mi madre, mis hermanos o mi propia mejilla, o donde fuera que atinase el muy hijo de puta. Me obligaron a beber contra mi voluntad y el nudo de mi gaznate. Aturdido por el efecto embriagador de los licores, el tiempo corrió ambiguo. De repente apareció en el cielo la luna, gorda y redonda cubierta de plata. Mis sentidos estaban adormilados cuando a lo lejos oímos el sonido inquietante de las campanas. Eran las doce. Creo que a esas alturas estábamos todos borrachos y mi alma asustadiza volvió a quebrarse. Paco gritaba hasta romperse la voz intentando alterar el sueño de los muertos. Andrés vomitaba mientras su primo le sujetaba la cabeza y Rodrigo observaba atentamente cómo su amigo era capaz de expulsar semejante volumen de tan repugnante materia. Gus y Mónica se morreaban tirados en el suelo: la mano de él desaparecía bajo la camisa de ella, la mano de ella se perdía en el pantalón de él. Nacho trataba de hacer lo mismo con Yolanda, pero ésta no era tan resuelta como su amiga. Mis riñones depuraban el alcohol oprimiendo desde hacía rato mi introvertida vejiga. No me atreví a aliviarme en aquel lugar. Paco no tuvo la misma consideración y lanzó una portentosa meada sobre una tumba rematada con la imagen de la muerte, en piedra de granito y escalofriante guadaña en mano.

Unos pasos nos sobresaltaron e hicieron que instintivamente nos reagrupáramos como un banco de sardinas. Un hombre alto y delgado apareció entre las sombras vistiendo un elegante traje oscuro. El pelo blanco prensado hacia atrás y unos pómulos marcados le daban un aspecto inquietantemente siniestro.

—No deberíais estar aquí —dijo con voz profunda y sosegada—, mucho menos molestar a los difuntos.

—No molestamos a nadie, sepulturero —contestó Paco insolente—. Los muertos tienen el sueño profundo.

El misterioso hombre sonrió como lo haría un depredador ante su presa. Fue entonces cuando me fijé en su voraz dentadura, adornada por un afilado colmillo de oro.

—¿De verdad pensáis que soy el sepulturero? —estalló en una risa tan sonora como espeluznante. Tornando nuevamente el rosto serio, añadió—. Debéis iros ahora mismo de aquí y mostrarle más respeto a la muerte.

—No nos vamos a ningún lado, viejo —dijo esta vez Gustavo sacando pecho delante de su conquista.

La sombra no dijo nada. Nos miró uno a uno en silencio. Sus ojos, amarillos como los de los gatos, se clavaron en mis retinas traspasando mi alma, haciendo temblar mis esfínteres. Traté de convencerme de que todo era consecuencia del alcohol que se cobijaba en mis venas.

—Iros ahora y no os sucederá nada. Quedaos y en menos de un año la muerte vendrá a visitaros.

—Yo no le tengo miedo a la muerte —gritó Paco lanzando la botella de whisky contra la estatua de la guadaña.

—Muy bien, entonces vendré a por ti el primero.

El cielo se iluminó con un fogonazo. Hubiera dicho que fue un rayo, pero no le acompañó trueno ni tormenta alguna. El hombre misterioso había desaparecido.

No aguanté más. Tenía que irme de allí, el sudor era demasiado frío. Nuevamente ensalzaron su valor a costa de mi cobardía. Nacho no volvería a ser bienvenido mientras estuviera conmigo. Tan sólo Yolanda me secundó en la huida.

—Eres un mierda —alcancé a escuchar la voz de Paco cuando abandonaba el cementerio—, ese viejo no es más que el guardés de este maldito cementerio.

Nunca más volví a ver a Paco. No habían pasado tres meses de aquella horrible noche, cuando la muerte le encontró al atardecer de un día nuboso. Tuvo una muerte trágica y horrenda, que se me antoja debió de ser muy dolorosa. En una excursión de montaña cayó en un foso donde esperó durante horas a ser rescatado. Dijeron que se había fracturado media docena de huesos, entre ellos una costilla que se le clavó en el pulmón, dejándole finalmente sin aliento. Quisimos convencernos de que fue un accidente, que nada tenía que ver con la amenaza de aquel misterioso hombre. Pero dos meses después murió Julio al desprenderse sobre su cabeza una cornisa en mal estado. El pánico se apoderó de mi alma. Uno a uno fueron cayendo todos, tal y como dijo el extraño: Rodrigo fue acuchillado por un ladrón nervioso y primerizo; Mónica y Gustavo sufrieron un accidente de tráfico; y a mi buen amigo Nacho le reventó el corazón. Una semana antes de morir pude hablar con él. Me dijo que llevaba días soñando con el sepulturero, y que en esos sueños le decía que le estaba buscando. El último en morir fue Andrés, ahogado en un mar con corrientes traicioneras.

A estas alturas de relato, supongo que entenderán el estado de ansiedad en el que me encontraba. Tenía miedo de que la muerte también viniera a por mí. Al fin y al cabo no me fui del cementerio justo cuando ella nos lo ordenó, y no sabía si aquellos minutos de indecisión serían suficientes para salvar la vida. Yolanda cayó en una depresión profunda. Vivía sedada a base de pastillas. Pensé que moriría, y eso confirmaba que yo lo haría con ella. Pero no lo hicimos. A cambio llevamos una vida llena de sufrimiento. Hay días que dudo de si nuestro castigo fue mayor que el de nuestros amigos. Hace años que no hablo con ella, sólo verla me hacía recordar aquello que había decidido olvidar a toda costa. Traté de llevar una vida normal, pero no pude. Finalmente, tras años de terapia, di con mis huesos en este manicomio. Yo mismo me convencí de que era mucho mejor estar loco que cuerdo, pues la cordura me llevaba a una realidad tan horrenda como difícil de asimilar. Podría decir que de alguna manera había encontrado mi felicidad. Pero esta tarde mi mundo ha vuelto a desmoronarse.

Periódicamente nos hacen una evaluación para diagnosticar el progreso de nuestra patología. Al psiquiatra de hoy no le recordaba de otras veces, y sin embargo me resultaba extrañamente familiar. Quiso ahondar en mis recuerdos, pero sé mantenerlos bien guardados. No dejo que nadie entre ahí. La puerta debe de estar bien cerrada para que no se escape ningún recuerdo. Pero este maldito doctor era más insistente que los anteriores. Me estaba haciendo sudar, y yo lo único que quería era escapar. Entonces, con un gesto que parecía tranquilizador posó sus manos sobre las mías y me dijo:

—Tranquilo. Estate tranquilo ¿Es que acaso no me recuerdas?

Y entonces sonrió, y vi su colmillo de oro y sus ojos de gato. Quise apartar mis manos, pero las suyas las sujetaron fuertemente contra la mesa.

—¿Creías que por estar aquí no te encontraría? Nadie puede escapar de mí.

—¿Vas a llevarme contigo?

—Si, pero no hoy. Volveré a por ti dentro de muchos años.

—Llévame contigo. Libérame de una vez —grité desesperado.

Una enfermera rechoncha, con permanente de hace tres décadas entró jeringuilla en mano, pero el doctor la detuvo.

—Alto. Este paciente no necesita eso. Debe saber que esto no ha sido un sueño. Tiene que decidir si quiere seguir siendo un loco o un hombre cuerdo —dijo con una sonrisa antes de irse.

Por más que intentemos negarlo o en el mejor de los casos no pensar en ello, nadie escapa de la muerte. No se trata de cuándo o cómo moriremos, sino de cómo vivimos hasta que eso sucede. Yo ya lo he decidido. Mi alma está desgarrada como el vientre de un becerro ante las fauces de una manada de lobos. En cuanto termine de escribir estas líneas, golpearé mi cabeza contra la pared, y o viene el sepulturero a buscarme de una maldita vez o en un rato estaré con la cabeza abierta, vistiendo una elegante camisa blanca.

 

Todos los textos que aparecen en esta web son propiedad de ©Javier Rumegó.

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By Javier Rumego

El callejón de las sombras

No sé cómo ni cuando la perdí, pero hace mucho tiempo que vivo sin ella, tanto que no recuerdo el tipo de hombre que era antes de extraviarla. Quizá fue el verano que viajé por Europa o un par de otoños después cuando se cruzó en mi vida aquella anciana de manos como ramas secas o tal vez fue todo o quizá nada. No sé, sea como sea, trato de sobrevivir sin ella, y tal y como está el mundo, quién sabe, quizá sea mejor así.

Pronto amanecerá. No ha dejado de llover en toda la noche. Siento el frío calando mis huesos. Echo la mano al bolsillo de la cazadora y recuerdo que he dejado de fumar. Por lo general lo llevo bien, pero en momentos como éste le vendería el alma al Diablo por un cigarrillo. La lluvia golpetea el suelo sin cesar. Me resguardo bajo la estrecha cornisa que hay en el callejón, pero eso no evita que mis desgastadas botas estén empapadas, igual que el bajo de los pantalones. Precariamente cobijado, y resguardado bajo las sombras de la noche espero silencioso la llegada de Roberto, igual que las otras veces, en el sitio acordado. Apenas sé nada de él, ni tan siquiera su apellido: simplemente Roberto o Rober como él insiste en que le llame.

He llegado antes de la hora y la espera se me hace eterna. Estoy  agotado. Agradecería un sitio donde poder recostarme. Qué bien me vendría ahora mi viejo coche. Apoyo la espalda contra la pared y siento su frío traspasar el abrigo de mi ropa. Acepto el peaje por liberar mis piernas del peso de mi alma. Ha sido una noche muy larga.

Tras un par de perritos y una ración generosa de patatas, me dirigí al local del moro para intentar conseguir información acerca del material robado a unos grandes almacenes hacía tan sólo un par de días. Como era de esperar no me recibieron con los brazos abiertos, mucho menos con una sonrisa. Mustafá es un tipo capaz de robarle el tacataca a una anciana: un mal bicho del que conviene guardarse las espaldas, el muy cabrón. Pero lo cierto es que yo no soy mejor que él, y a diferencia de la mayoría de personas con las que trata, me importa una mierda lo que pueda hacerme. Nada más verme, movió su despreciable cabeza en distintas direcciones y, como si estuviese provisto de un poder mágico, se levantaron inmediatamente todos aquellos que fueron rozados por su mirada: un total de cuatro conté, aunque en realidad fueron cinco. Aún me duele la mandíbula por el suspenso en matemáticas. Uno a uno los fui derribando: primero, y siguiendo una regla ineludible, noqueé sin piedad al más grande de todos, para a continuación ir deshaciéndome de un resto asustadizo, hasta quedarme con las pelotas del Mustafá bien estrujadas en mi mano. No necesité más que un par de apretones y amenazarlo de quedarme con su circuncisión en la mano para que me dijera todo lo que quería oír.

Hice una llamada y media hora después estaba en el lugar indicado. Parecía desierto, pero advertida por mi presencia, una sombra salió de entre la oscuridad. La silueta me esperaba bajo la luz de la farola. Le di la información y a cambio me entregó el sobre acordado. Concluido el negocio, cada uno se fue por su lado, y la sombra volvió a fundirse con la noche.

Con el dinero fresco en mi poder, dudé si poner a prueba mi suerte en el casino o hacer una visita a las chicas de Marisol. Finalmente decidí pasarme por la trastienda del señor Lee; ese chino cabrón sabe lo que se hace y es un tipo legal. Si la fortuna seguía de mi lado, más tarde me dejaría un buen dinero con dos o tres muchachas en casa de la fulana. No pude entrar en ninguna partida de póker, lo que me llevó inexorablemente a la mesa de la ruleta.

Llevaba dos whiskies y doscientos euros perdidos cuando el teléfono empezó a vibrar incómodo en el bolsillo. Rápidamente identifiqué el número y contesté. La señora de Fonseca me avisaba de que su marido había salido de casa con la excusa de una emergencia en el trabajo. Según parece, esas urgencias se sucedían con relativa frecuencia, lo que llevó a esta buena mujer a contratar mis servicios. Apuré la copa y salí del casino. Apenas un par de semanas antes instalé un localizador en el vehículo del sospechoso. Saqué el móvil y rogué porque hubiese cogido su coche y no el de su esposa. Hubo suerte: el puntito rojo se desplazaba nítidamente por la pantalla de mi teléfono. Sin duda, la diosa Fortuna estaba de mi parte; de haberme ido al burdel me habría sido imposible pasarme por el hostal a por la réflex. Cogí un taxi y le fui indicando hacia donde quería ir hasta que llegué a mi destino. Estaba a tan sólo un par de calles de mi objetivo, y desde luego no estábamos cerca de sus oficinas. La calle se encontraba desierta, por lo que me resultó fácil distinguir dos figuras de pie en mitad de la noche. Oculto entre los coches cubrí la cámara con un plástico, activé los infrarrojos y aumenté el zoom para acercarme a donde la vista no me alcanzaba. «Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Resulta que nos ha salido trucha, el muy cabrón». Estaban hablando, seguramente negociando, cuando el chapero tomó la mano del marido y la acercó hasta su paquete. Como un acto reflejo mi dedo presionó el botón de disparo. Allí mismo empezaron a morrearse, juntando sus cuerpos como dos serpientes en celo. Distraídos por la efusividad de su lascivia fueron sorprendidos por un tercero, un merodeador de la noche, un ratero del tres al cuarto. El filo de una navaja destelló en la oscuridad. El puto se sobresalto y empezó a hacer aspavientos como una maricona histérica. El ladrón le reprendió para que se callara. En ese mismo instante el marido infiel lo golpeó con el mango del paraguas y la violencia de mil demonios. El pobre desgraciado cayó al suelo de bruces, donde fue rematado por una docena de patadas. El chapero cubría su boca con las manos, contemplando como la sangre del ratero se diluía en el agua. Si no estaba muerto, terminaría ahogándose. El empresario sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y cubriendo sus manos con él agarró del cuello al maricón. Presionándolo contra la pared le dijo algo al oído hasta que su presa asintió tímidamente. Sin más, le sacó la verga y allí mismo empezó a mamársela. Mi dedo entró en estado de tic. Al poco se incorporó y golpeó al chapero con la misma violencia que lo hiciera antes con el ratero. Los dos cuerpos, probablemente amigos, seguramente compinches, yacían juntos en el suelo. El violento sacó su teléfono e hizo una llamada, quizá a su abogado o tal vez a otro fulano que terminara por satisfacer sus necesidades carnales. Fuera como fuese, no me iba  quedar allí para comprobarlo. Ya tenía lo que había ido a buscar y con un poco de suerte lo cobraría esa misma noche. El marido de mi cliente, desapareció de la escena como un fantasma. Podía haber ido a auxiliar a los desgraciados, pero aquella no era mi guerra. Cada uno sabe donde se mente y debe asumir las consecuencias de lo que hace. Si ya estaban muertos nada podía hacer por ellos, como mucho dejar una colección de huellas en sus cadáveres  o algún rastro que llevase a la policía hasta mi guarida. Ni hablar. Bastante tensas estaban ya las cosas con los maderos. El teniente Hernández me tiene entre ceja y ceja desde hace tiempo y no iba arriesgarme por dos miserables como esos. En fin, que cada perro lama su pijo. Llamé a mi cliente para confirmarle que tenía el material. Me dijo que su marido acababa de llamarla avisándole de que se había complicado muchísimo el trabajo y que seguramente no iría en toda la noche. Quedamos que en una hora le llevaría las fotografías. Otro taxi me llevó nuevamente al hostal, donde hice una copia de las instantáneas.

Alguien entra en el callejón. Por la manera de andar, inmediatamente percibo que no es Roberto. Tan sólo se trata de un adolescente perdido y borracho, suficiente para darme un buen susto. No pasan más de cinco minutos de la hora acordada, pero este tío tiene una puntualidad británica. Nunca antes se había retrasado. Me pregunto, impaciente, qué le habrá sucedido.

Ya en mi habitación separé cuidadosamente las imágenes sexuales de las de las agresiones, y grabé un cd que me cuidé en dejar limpio de huellas. Las otras imágenes quedarían a buen recaudo en una carpeta oculta dentro de mi portátil. Algún insensato habría intentado sacar partida de un material como este, pero yo no soy tan estúpido. Si algo he aprendido en la vida es que a los ricos y a los poderosos es mejor dejarlos tranquilos. El señor Fonseca es un tipo de muchos recursos y buenos amigos, que además se gasta unas malas pulgas de mil cojones. Yo nunca fui el más listo del colegio, pero al menos me da para ser consciente de mis limitaciones; y eso en el mundo en el que vivo es mucho. Extorsionar a hombres como éste es arriesgarse a acabar en el fondo del río con zapatos de cemento, un tiro en la frente o con la cabeza abierta de un paraguazo.

Si se sorprendió no mostró signo alguno en su rostro que la delatara. La señora de Fonseca observó detenidamente las fotos. Sacó el disco del ordenador y me entregó el sobre con la recompensa.

−Aquí tiene su dinero. Ha hecho un buen trabajo, detective.

−En realidad no soy detective.

−¿Qué es entonces?

−Alguien que hace encargos, señora.

Debió de gustarle la respuesta porque sonrió.

−Es una lástima, incluso pensé que se llamaría Flanagan.

−La gente me llama Curro.

Pausa.

−Me gustaría hacerle otro encargo −dijo entonces−. Me casé con mi marido siendo muy joven, y bueno eran otros tiempos. El caso es que es el único hombre con el que he estado y ahora resulta que es −duda− homosexual. Me gustaría saber qué se siente al ser penetrada por un macho de verdad.

Permanecí en silencio.

−Le pagaré. Le pagaré bien.

A pesar de superar de largo los cincuenta, la muy hija de puta tenía el culo y las piernas más duras que muchas fulanas de veinte; qué razón tenía el bizco cuando aseguraba que no había nada como las posaderas de una ricachona que se pasaba todo el día metida en el gimnasio. La puse a cuatro patas contra la mesa del salón y la folle salvajemente: la tiré del pelo, la insulté, azoté sus nalgas, mordí su espalda y rugí como un león mientras ella relinchaba como una yegua. Debió de quedar complacida, pues además del dinero acordado me dio una generosa propina; en total mil quinientos euros por un polvo que estaría encantado de repetir. No quise entretenerme más de la cuenta, no fuera a ser que el marido nos sorprendiera presentándose antes de lo previsto. Me acompañó hasta la puerta y me despidió con un beso en los labios, una sonrisa y un hasta pronto.

El cielo está clareando. El día va ganándole terreno a la noche, y en pocos minutos suyo será el cielo. Unos zapatos resuenan precipitados en la calle. Instintivamente me pego a la pared tratando de ocultarme. Por fin aparece Roberto. Me relajó. Veo como su cara bonachona y regordeta se decora con una sonrisa.

−Perdona el retraso. La niña se ha puesto mala esta noche y me he esperado para darle la medicina. Vamos a tener que darnos prisa, ya hay gente esperando en la entrada.

Abre la discreta puerta de atrás y entramos en el local. Rápidamente me pongo a preparar café mientras Roberto se hace cargo del resto. En breve llegarán las monjas con comida caliente y algún dulce. Se nota que estamos coordinados: Rober lleva años haciendo esto y yo siempre he sido bastante espabilado. En cuanto lleguen las hermanas abriremos las puertas del comedor.

Sirvo sopa caliente. Cada plato que doy me lo pagan con una sonrisa: una niña pequeña, un hombre de unos cuarenta años con traje y corbata, una anciana…, en todos ellos veo el rostro de Sara mirándome orgullosa. Dios, cómo la echo menos.

 

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By Javier Rumego

Danzarina

Culebras de seda rosa se enroscan alrededor del fino tobillo enmallado, ajenas al bullicio de los pasillos: pies de pluma que golpetean el suelo como mazas, gritos, estrés, inseguridad, miedos, también esperanza. Toda una vida de dedicación y esfuerzo no ayuda a mitigar el ardiente dolor   Read more

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