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by Javier Rumego

Nunca me he considerado un vaso especial. Al contrario, siempre me he visto como un vaso normal, un vaso común, uno de tantos. No soy alto ni bajo, no soy gordo ni flaco, tampoco tengo adornos, grabados ni colores. Sólo soy un vaso viejo y desgastado.

A lo largo de mi vida he conocido todo tipo de vasos: elegantes; sofisticados; con pedigrí de la Granja, Murano o Bohemia; pero también los he visto modestos, incluso de plástico –por lo general, muy buena gente estos últimos–. En ningún momento recuerdo haber tenido problema alguno con otro vaso, más allá de pequeños roces, sin mayores consecuencias que el leve quejido que hace el cristal cuando se irrita.

He conocido vasos pedantes, unos cuantos altivos y otros que tan sólo tenían presencia, pero, quizá por mi naturaleza humilde, los que siempre me han llamado más la atención han sido los fanfarrones y mentirosos. Hubo uno, de formas pomposas, lleno de grabados, que presumía de haber servido en la corte de un maharajá de la India; otro prometía haber estado en más de una fiesta ibicenca; y otro aseguraba haber formado parte de una película americana. Pero sin ninguna duda, de entre todos ellos destaca un vaso joven y recién llegado que jura y perjura haber sido rozado por los labios de Scarlett Johansson.

Por mi parte, jamás he asistido a grandes eventos. Mi vida ha sido bastante tranquila. Con frecuencia he sido rellenado de agua, refrescos y zumos. En alguna extraña ocasión hospedé el jugo de la cebada, y si la memoria no me falla, mis paredes de cristal jamás rozaron alcoholes de alto grado como el whisky, la ginebra o la caña de azúcar. Quizá por ello, aún sigo aquí, todo lo intacto que permite el paso del tiempo. Cuántas copas de champagne he visto malgastarse con los años; tan bellas, tan finas, tan delicadas llevando una vida frívola de la que no podían escapar. Pobres, aún recuerdo el sonido de su cristal haciéndose añicos por culpa de las manos temblorosas que las sujetaban.

Mi vida ha sido sosegada y lo suficientemente longeva como para saber echar de menos un lavado a mano. No sé muy bien la razón, pero mientras los demás vasos se rompían o los tiraban –y he de decir que he sobrevivido a un par de mudanzas–, yo sigo estando aquí, en el mismo sitio de siempre: en la esquinita del mueble que se sostiene sobre el fregadero, justo al lado de mi fiel compañera y amiga, la jarra del agua.

 

Todos los textos que aparecen en esta web son propiedad de ©Javier Rumegó.

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Un vaso cualquiera